El ser humano es político por necesidad y obligación si consideramos la política como la ciencia que regula la convivencia entre las personas en todos sus ámbitos (educación, sanidad, vivienda…). Una ciencia que impregna sus ocupaciones de respeto y justicia. Sólo los anacoretas y los eremitas tal vez estén exentos de ella, pues viven entregados a la contemplación y a la penitencia –resulta insignificante su número.
Las personas pensamos, sentimos y nos comportamos según nuestras ideas políticas pues marcan la forma de convivir. Para mí todas son considerables, pero no todas respetables. Es por esto que únicamente me preocupa y ocupa la municipal cuando hablamos de política profesional. Aquella que supera esos límites la aborrezco, porque me siento defraudado y pienso que roban heredades y almas –rompen los sueños–, me engañan, me insultan –al menos a mi supuesta inteligencia– y lo que es peor, lo hacen de manera reincidente y en todas sus expresiones. Con frecuencia se toman a risa el conocimiento y pierden el tiempo en estúpidas discusiones sobre el valor o el significado de una palabra y confunden y se confunden entre tanto desatino, y peor todavía, ignoran su ignorancia, codiciosas y capaces de pelear por ocupar porciones de autoridad arrasando el horizonte de las expectativas de la comunidad.
La política municipal, por su cercanía, puede, debe y tiene que ser ejemplarizante, efectiva, honrada en todos sus formatos, manifestaciones y colores.
El acuerdo entre política y moral realizado con honestidad, garantizando la mayor uniformidad del bienestar, la mayor libertad posible y no ofender con ninguna ley la igualdad y la dignidad personal, mejorarían el destino de la ciudadanía en general y de cada persona en particular.
Invito a quien lea estas líneas a que se preocupe y ocupe de la política municipal. Es lo más cercano a tu propia casa.
Antonio Díaz Lantigua






























