Miras a Antes, hacia Atrás, volviendo la cabeza para ver el pasado más inmediato. Y son huellas, las marcas de tus pisadas hiriendo el camino que te lleva, el mismo que te trae. Con un leve crujido, la tierra grita dejando constancia de tu peso. Y tú nunca le hablas, te acompaña durante toda la jornada y tú nunca le hablas. La tierra te ve vivo, y te sostiene todo el tiempo que existas, y luego te acoge, te arropa, te abriga, te sirve de lecho, y te envuelve en tu muerte, protegiéndote. Y tú no le hablas. Miré Atrás, y me vi Antes. Miro hacia Delante y no veo Después. Eso hace cierto el pasado e incierto el futuro.
Me encuentro en Ahora y me pregunto si la muerte tiene sentimientos, si reflexiona como una persona. Si se guía por criterios establecidos para elegir quién va primero y quién más tarde. Si es consciente de que, en general, le tenemos miedo. La muerte acaba con el presente y con el futuro pero no con el pasado, deja hacer a la Historia.
Me pregunto con frecuencia qué habrá después de la muerte y si podré seguir comiendo milhojas donde quiera que esté.
La Tierra es como la Sombra, que aunque no las veas están ahí. Irremediablemente. Una puede estar oculta bajo alfombras u otros materiales y la otra, por la Luna u otros materiales, pero ahí están. Y tú no les hablas.
Desearía hablarles a las dos, a la Tierra y a la Sombra. Son las únicas que te acompañarán hasta después de viva. Quiero agradecerles su ayuda y su silenciosa e inexorable compañía. Son las testigos de todo lo que me ocurrió, ocurre y lo serán de lo que me ocurra. No hace falta que les cuente mi vida real puesto que la conocen tan bien como yo, pero sí les puedo hablar de mis sueños, mis anhelos, mis secretos más ocultos, ya que no hay razón alguna para engañarlas. Tarde o temprano los sabrán.
Julia Arnaiz Castro






























