El espejo del cielo se mira cada tarde sobre la arena mojada de esta playa del norte, y parece atraer hacia sí las estrellas con un poderoso magnetismo. Hay lugares que contemplamos y otros que, sin saber cómo, terminan contemplándonos a nosotros. Famara pertenece a esos últimos.
Millones de olas milenarias llevan siglos jugando a voltear pequeñas crestas encantadas de rizos y lentejuelas. Aquí naufragaron las piedras del volcán y quedaron sometidas a la lima interminable del rozamiento, redondeándose poco a poco hasta convertirse en pequeños huevos de gaviota abandonados en la orilla. Aquí también las corrientes marinas esconden su traición bajo la belleza: te toman en volandas y pueden lanzarte lejos de tierra, hacia ese olvido peligroso donde el hombre descubre, demasiado tarde, que contra el mar nunca se lucha de igual a igual.
La arena, levantada miles de veces por el viento, golpea y taladra la vegetación, fabrica dunas doradas y las va levantando en pequeñas cordilleras que avanzan tierra adentro. Bajo el sol abrazador, todo parece evaporarse. Los campos pierden sus colores, el paisaje se vuelve mineral y la isla adopta por momentos la apariencia de un inmenso desierto que prolonga sus siluetas hasta el horizonte.
Hoy, al regresar, volví a recordar aquellas tardes de nuestra juventud, contemplando la que siempre he considerado una de las puestas de sol más hermosas de Canarias.
Entonces veraneábamos en la ensenada, en las villas de Famara, bajo los riscos que cada tarde daban su último adiós al día con despedidas monumentales de luces, colores y tonalidades. Allí jugábamos con los niños pequeños, tirándonos por las dunas, improvisando volteretas y toboganes sobre la arena. Era una diversión sencilla, casi primitiva, con sabor a infancia.
Nuestros hijos apenas tenían unos pocos años.
Y creo que aquellos primeros atardeceres comenzaron ya a pintarles el corazón de sensibilidad y armonía. Cada jornada en aquel paraíso de sol constituía un regalo. Una emoción nueva. Una pequeña ceremonia familiar celebrada delante del océano.
Por las mañanas madrugábamos para caminar sobre la playa firme. Con la marea baja, el mar parecía haberse escondido cientos de metros hacia dentro y tocar nuevamente el agua obligaba a caminar buscando unas olas que se alejaban misteriosamente con su retirada.
A veces me preguntaba:
¿Cómo podía existir tanta belleza dormida bajo aquel cielo?
Bajo los riscos escarpados, frente a la inmensidad azul, la respuesta parecía estar precisamente en no encontrar ninguna explicación. Bastaba con mirar.
El rumor del mar se nos metía incluso en los sueños.
Por las noches aquellas aguas parecían hablarnos de sirenas, navegantes y piratas naufragados en sus trampas. Inventábamos historias sobre los caprichos del Creador, que había levantado aquella muralla gigantesca para proteger la playa, extendido después un enorme tapiz de arena para dibujar su concha dorada y traído finalmente al sol para que cada tarde limpiara su rostro sobre el océano.
Hasta las caracolas parecían participar del sortilegio. Permanecían durante horas tendidas junto al mar, bañadas, arrastradas y pulidas, hasta terminar blancas y secas sobre la orilla, confundidas entre aquellas piedras que las olas habían lavado durante siglos.
En aquellas tardes mis hijos se contagiaron de mar y de puestas de sol.
De arenas doradas.
De dunas encadenadas.
Del rumor de unas olas que parecían contarles historias.
Y quizás algunas cosas permanecen escondidas durante años esperando encontrar su verdadera explicación.
Porque mucho tiempo después, una niña llegó a nuestra familia llevando precisamente aquel nombre.
Famara. Mi nieta.
De alguna manera, aquella playa había viajado con nosotros durante todos esos años. Se había quedado prendida en la memoria de sus padres, entre aquellos juegos infantiles, aquellas caminatas y aquellos atardeceres contemplados cuando apenas comenzaban a descubrir el mundo.
Por eso siempre he pensado que Famara es también hija de aquella playa y de aquellos sueños.
Hoy toda la familia regresamos allí.
Volvimos a caminar por la arena y a contemplar juntos la puesta de sol. Pero esta vez el tiempo había cambiado los papeles. Los niños de entonces eran ahora los padres. Nosotros habíamos llegado convertidos en abuelos. Y aquella pequeña que caminaba entre nosotros llevaba en su propio nombre toda la memoria del paisaje.
Fue un regalo concedido al recuerdo y a la continuidad.
Famara parecía poseída por ese espíritu de luz que rebota sobre la arena y enciende toda la ensenada. El sol descendía lentamente frente a nosotros y convertía el horizonte en una poesía de tierra y agua, una fruta golosa de colores maduros, una melodía dulce que se iba apagando poco a poco sobre el océano.
Entonces comprendí que aquel atardecer también hablaba de nosotros.
Era, de alguna manera, el atardecer de nuestras propias vidas de abuelos. No como una despedida, sino como esa luz más serena que llega después de haber recorrido un largo día.
El mismo destello que iluminó nuestra juventud regresaba ahora para enseñarnos su continuidad.
Muchos años atrás habíamos estado allí jugando con nuestros hijos sobre las dunas. Ahora eran ellos quienes contemplaban el paisaje con su hija.
Famara había tomado el relevo.
Sus padres conservaban el recuerdo.
Nosotros, la bohemia.
Y la playa permanecía exactamente allí, indiferente al calendario, repitiendo una vez más el milagro de su atardecer.
Las olas seguían llegando y el rumor de su voz susurrando
Feli Santana






























