Valsequillo Digital. Feli Santana.
Juan Hernández Cuchara, en su testamento fechado el 22 de septiembre de 1680, declaraba ser propietario de setenta y siete fanegas de tierras en el Cortijo de tierra labradía y arrifes de los Viñátigos. Aquellas posesiones se extendían por las alturas de Tenteniguada, el Barranco de la Capellanía, el paraje del Ferrú, Las Romeras y las laderas que descendían desde la montaña hasta la Mesa de los Alfaques. No eran simples terrenos; representaban un legado de esfuerzo, de dominio sobre la naturaleza y, sobre todo, de acceso a la riqueza más codiciada de la isla: el agua.
En aquellos tiempos, la posesión del agua era símbolo de poder. La creación de las Heredades había instaurado un sistema férreo de control sobre este bien esencial en la cuenca de Valsequillo. La Heredad de la Vega Mayor de Telde, como institución antigua e influyente, dominaba con autoridad el reparto del preciado líquido. Incluso cuando en 1802 Valsequillo se separó administrativamente de Telde, las aguas continuaron bajo la férrea jurisdicción de aquella heredad, que permanecía como estamento independiente, custodio y juez del recurso vital.
Pasaron los siglos y, con la adquisición de la finca por don Emilio Suárez Fiol, la Capellanía de Cuchara recobró protagonismo. Su visión no se limitó a poseer tierras, sino a revitalizarlas mediante un ambicioso proyecto agrícola y forestal. Con sus decisiones, la explotación de las fincas dio trabajo a más de un centenar de personas en Valsequillo, convirtiéndose en motor económico de la comarca. La organización de la finca fue minuciosa: desde el Cortijo de Botija hasta la Mesa, la Cañada de las Mimbreras, El Piquillo, Cercado Viejo, El Espigón, Las Retamas, Cuevas Caídas, los andenes de los Culatones, el Paso de la Mula, Lomito los Cochinos y Perdices, hasta alcanzar los linderos con el Lomo Fregenal y el Barranquillo del Agua.
Tampoco quedaron atrás las laderas bajas y fértiles, convertidas en terrazas cultivables: El Jardín, El Cardón, el Barranco del Chorro, las Casas de don Pedro, los altos y bajos del Cerón, la Orilla de las Vegas y el Pitango. Cada rincón fue integrado en un plan de acción coherente, diseñado para sacar el máximo provecho a los recursos naturales sin descuidar el futuro.
Uno de los hitos más significativos fue la reforestación. En sintonía con el decreto del Cabildo de Gran Canaria del 18 de diciembre de 1953, Suárez Fiol inició la plantación de pinares en las cumbres, marcando así un primer esfuerzo de explotación racional y sostenible de los recursos. Con las aguas de Botija y las de la Capellanía de Cuchara, la finca fue transformándose en un auténtico vergel.
El agua se almacenaba cuidadosamente en el gran embalse de la finca y en estanques excavados en cuevas de enormes dimensiones. Nuevas terrazas se levantaban en los llanos y en las laderas, mientras que las piedras eran arrastradas en carromatos tirados por bueyes: dos de ellos empujaban cuesta arriba, mientras otros dos frenaban el peso en los descensos del barranquillo. Todo aquel esfuerzo colectivo, teñido de sudor y esperanza, dotó a la finca de un aire de prosperidad, un color primario de expansión y explotación que quedó grabado en la memoria histórica de Valsequillo.































Si en aquellos tiempos el control del agua era muy importante hoy es vital, un bien que cada vez es más escaso, como no se actúe rápidamente en la elevación de la desalada y otros medios de ahorro esto pinta muy mal. Saludos
El conocimiento de la historia de la localidad siempre ha sido trascendental para rescatar hechos, puntos de vista, sentimientos, costumbres…, y para aprender sobre la vida de quienes nos precedieron. Por eso, su aportación me parece muy valiosa y su curiosidad satisfará a la ciudadanía del lugar y a personas deseosas por descubrir qué, dónde, cómo y quiénes han respirado en esos lugares antes que nosotros.