Las recientes declaraciones del exalcalde de Valsequillo, Francisco Atta, demuestran que su vuelta a la oposición en nada ha cambiado su esquizofrénica y oportunista forma de hacer política. Es marca de la casa: pide comprensión para sus errores, pero exige al nuevo gobierno que años de desastrosa gestión se corrijan en apenas unas semanas. Nada nuevo para quien conoce su trayectoria: una manera de actuar que ya no sorprende, que ni siquiera convence a los suyos y que la ciudadanía ha aprendido a reconocer.
A falta de argumentos, insiste en que “le han quitado” la alcaldía, porque, en su concepción, la alcaldía le pertenecía por derecho casi patrimonial, como si el Ayuntamiento fuera una finca particular y no una institución pública al servicio del pueblo. Ese lenguaje no es inocente. Refleja una concepción del poder basada en la posesión, no en el servicio; en el control, no en la representación; en la idea de que gobernar consiste en ocupar un sillón y retenerlo, en lugar de asumir una tarea de responsabilidad, gestión y rendición de cuentas.
A lo que el exalcalde llama propaganda no es más que el deber de hacer público un diagnóstico real del estado de la institución. Porque solo conociéndolo se puede diseñar una hoja de ruta. En realidad, lo que le incomoda es que estos datos desnudan su incompetencia: retrasos, expedientes bloqueados, ayudas sin pagar, millones sin ejecutar… Cuanto más se conoce la situación, más evidente resulta que no se trataba de casos aislados, sino de una forma de gobernar basada en la inacción, la falta de planificación y la incapacidad de ejecutar los recursos disponibles. Por eso se intenta desacreditar esa transparencia llamándola propaganda. Pero no lo es. Es, simplemente, poner luz donde antes había oscuridad.
Presume Francisco Atta de haber dejado preparados los platos de la cocina, que son los que ahora sirve el nuevo gobierno. ¿A qué se refiere? ¿A los dos años que dejó sin subvenciones a los clubes deportivos? ¿Al expediente del Colmenar, paralizado durante meses y reactivado milagrosamente por el actual gobierno en apenas unas semanas? ¿A la salida de habilitados nacionales ante una forma de proceder insostenible? ¿A los millones de euros sin ejecutar mientras el municipio esperaba inversiones? ¿A ser el municipio más moroso de toda Canarias?
Siguiendo con el símil gastronómico, si el Ayuntamiento de Valsequillo era una cocina, lo que dejó fue un espacio sin limpiar, la despensa vacía, la cuenta sin pagar y los fogones apagados.
No es una metáfora: es exactamente la realidad que ahora se está corrigiendo.






























