Feli Santana
Con la harina en el delantal y la tahona en el regazo, Felipita Cruz Díaz amasó más que pan: amasó la memoria tibia de un pueblo.
A menudo, la historia de los pueblos se urde en los hilos invisibles de lo cotidiano, en los gestos silenciosos de quienes, sin aspavientos, forjan una forma de estar en el mundo. En esos actos sencillos —el trueque, la palabra compartida, la mano tendida al vecino— germina una filosofía humilde y sabia: la de vivir para subsistir, y hacerlo con dignidad.
Así era Valsequillo en los albores del siglo XX: una aldea recogida entre las medianías de Gran Canaria, con apenas tres mil almas que sobrevivían del campo y del esfuerzo. Una Vega profunda la envolvía, fértil y generosa, abierta en bancales y laderas, abrazada por cerros, barrancos y nacientes. Entre sus riscos aún respiraban los ecos de las cuevas aborígenes, huellas antiguas de una humanidad que aprendió a persistir entre el silencio y la piedra.
Aquel territorio, antaño arrebatado a Telde, guardaba en su geografía la memoria del origen. Y fue ese paisaje —tan áspero como prometedor— el que atrajo a caminantes de herradura, gentes de otros pagos que venían a buscar, más que fortuna, un futuro que se amasara con las manos.
Entre ellos, Felipita Cruz Díaz, hija de Miguel y de Celestina, nacida en Agaete en 1900, entre el arrullo del mar y el eco de los acantilados del macizo de Tamadaba y Faneque.
Llegó a Valsequillo con la fe del oficio y el pulso del amor que sabe que la harina también puede ser oración. Allí se unió a don Andrés López Benítez, y de esa unión nació una saga: la Panadería San Miguel y los Herederos de D. Andrés López fundador de la panadería en la calle La Silla.
Sus herederos siguientes —Manolo, Andrés, Pepe y Paco— continuaron el legado de los antiguos artesanos del horno, amasando no solo el pan, sino el sustento moral de la comunidad.
Felipita fue una mujer de vocación profunda. En su juventud soñó con los hábitos, pero la vida la llamó a otro ministerio: el del fuego doméstico, la mesa abierta, la familia que se multiplica en la ternura del pan. Matriarcal y generosa, la recuerdan siempre con el caldero al fuego, repartiendo no solo alimento, sino consuelo, cuando la guerra trajo hambre y racionamiento, su casa se volvió refugio: a ella acudían los pobres sin cartilla, y de su ingenio nacían mendrugos que parecían milagros. Sustraía, con astucia y coraje, alguna partida del cuartel de El Colmenar o de los falangistas que, entre discursos, venían a proclamar sus falsas bondades.
Ella, en cambio, hacía calladamente la suya: dar de comer al que nada tenía.
Con la harina como bandera y la tahona como trinchera, elevó el candor familiar en un linaje de panaderos. A lomos de burros, los suyos recorrían sendas y barrancos perdidos, repartiendo el pan de cada día mientras recogían leña para que el horno nunca apagase su llama.
Así se mantuvo viva la candela y, con ella, el legado de los últimos panaderos de San Miguel.
Porque hay mujeres que no figuran en los libros de historia, pero la escriben con las manos.
Y Felipita Cruz Díaz fue una de ellas: abuela panadera, madre de la harina, alma de un pueblo.































Fue una mujer ejemplar, con espíritu de bondad, por ayudar a aquellos necesitados de su pueblo.
Mujer fuerte y luchadora, que junto a su marido, fueron capaces de formar una gran familia y a su vez, crear una gran empresa junto a sus hijos Herederos, Manolo, Andrés, Pepe y Paco, seguidores del oficio y de los valores recibidos de sus padres D. Andrés López y Doña. Felipa.
Dios los tenga a su lado.
Así es la historia de una gran familia, que quiero.
Era mi bisabuela, los últimos años que pudimos disfrutar de ella nos contaba cómo había sido su vida, entre otras, sus anécdotas con Sor María Cruz, que fue su gran amiga y sí que se pudo ordenar de Monja.
También recuerdo las conversaciones con mi madre sobre temas de costura, que era su otra gran pasión, modista de profesión.
Era una mujer que como tantas se hicieron a sí mismas, nunca abandonaron la lucha y lo transmitieron a sus hijos. Felipita, Carmelita la de la tienda, Amparito la de la tienda de la esquina, Maximinita la de la tienda de la plaza, Josefita la de la tienda de Chano, en fin, me alegro que se mencione a todas estas luchadoras que hicieron tanto por sus familias y por los vecinos de nuestro pueblo.
Vivan las mujeres luchadoras que nunca necesitaron ningún reconocimiento para seguir siéndolo 👏🏻👏🏻👏🏻