Feli Santana
Las historias de las personas suelen nacer del molde de los libros, pero se amasan con vivencias extraordinarias. Algunas terminan convertidas en thrillers de la vida real, untadas con la pátina del tiempo. ¿Qué pueden tener en común Bremen con Maracaibo, Oklahoma con Valsequillo, Suecia con Las Palmas o Vietnam? Tal vez ese potaje mesturado —como decimos en Canarias— donde hierven folclores, acentos y destinos que, por capricho del azar, acaban encontrándose en el mismo horno. Este cuento, que pudo comenzar en cualquier lugar del mundo, termina en Valsequillo.
Federico Raffler había rozado la gloria olímpica como esquiador del equipo alemán. Era un deportista de élite hasta que la sombra del Führer se interpuso en su camino. Llamado a filas, recibió el uniforme y acudió a despedirse de su abuela, que le regaló una sonora “galleta olímpica” como última advertencia. Poco después fue enviado a Hamburgo. Sin embargo, su familia, temerosa de perderlo, lo escondió en un contenedor de madera, con alimentos para sobrevivir. Junto a otro joven patriota huyó del III Reich y de la Gestapo. En un carguero cruzaron el océano, hasta que el Caribe los recibió con olor a sal y libertad. Llegaron a Aruba y luego a Venezuela, a una comunidad holandesa donde su vida podía recomenzar.
Federico no partía de cero: había sido un pastelero destacado en Alemania, encargado de endulzar la mesa de la familia real holandesa de la reina Juliana. Tenía talento para la repostería y un don peculiar para los negocios. “La plata está tirada en la calle”, solía decir. Montó la casa BMW en Venezuela y, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y Alemania cerró el comercio exterior, él ya había trazado otros caminos. Acabó convirtiéndose en un próspero empresario de hostelería y espectáculos en el Caribe, por cuyos locales pasaron figuras como Louis Armstrong.
En otro rincón de Alemania, en Grossenkneten, nació en 1941 Hans Burghard Hellbusch. Creció entre el trajín del negocio familiar de víveres y decidió viajar a Bremen para aprender de su abuelo materno, maestro panadero. Los veranos los pasaba en Suecia, trabajando como pastelero. Allí encontró una señal que cambiaría su destino: un panfleto que buscaba un panadero alemán para la Casa de Suecia en Las Palmas. Hizo las maletas y voló hacia un futuro desconocido.
Federico formó su primera familia tras conocer a una joven en un encuentro folclórico. De aquella unión nació una descendencia breve pero significativa, que apenas tuvo tiempo de asentarse antes de que él rompiera con su primera esposa. Tomó entonces a sus tres hijos y los llevó a un internado suizo, mientras continuaba sus andanzas en Venezuela. Más tarde se casó con una italiana de fuerte carácter que le ofrecía estabilidad y poder, pero la maraña de enredos, negocios y tensiones familiares terminó por agotarlo. Ya mayor, huyó de lo que él llamaba “la mafia italiana” y viajó a Canarias con su tercera esposa.
El destino ya movía los hilos. Carmen Delgado Santana, hija del barrio de San José, celebraba su primera graduación de Enfermería en el Gabinete Literario cuando conoció a Hans. Él quedó prendado al instante. Nació así una historia de amor que transcurrió entre el Paseo de Chil y las arenas de Las Canteras.
Años después, el azar hizo su trabajo final: en el Ministerio de Trabajo, Federico y Hans se cruzaron sin buscarse. Cada uno llevaba en mente un proyecto distinto, pero algo los unió: el origen compartido, el oficio, la memoria de la harina y la disciplina. Aquel encuentro fortuito se convirtió en alianza, y la alianza en tradición. En 1967 nació la Panadería Alemana de Valsequillo, fruto de vidas errantes y decisiones valientes que se encontraron en una pequeña isla del Atlántico.
Entre hornos encendidos y amaneceres sobre las montañas, comenzó una historia que aún hoy se cuenta, cada vez que huele a pan internacional.































Una historia envuelta en un halo de aventuras y de entusiasmo por el destino… Habrá segunda parte.
Gracias Feli por el cariño y buen gusto de este homenaje a mí familia. Un abrazo