Con el revuelo histórico que ha armado la visita del Papa a España, y a Canarias en particular, las credenciales de la fe católica se han disparado en réplicas, demandas y esperanzas. Un primer gran gesto de acción que ya intentó el bueno de Francisco —Bergoglio— sin éxito, y que ahora acompaña León XIV en su apuesta fresca de papado, motivado por varios frentes: sus orígenes, su pasado y su profunda convicción de humanizar la Iglesia, renovando el mensaje de cercanía hacia quienes sufren las barbaries del mundo, especialmente la tragedia de la migración.
Con un claro mensaje de responsabilidad, anunciaba ante más de un millón doscientas mil personas, en plena Cibeles: “Nadie puede arrodillarse delante del Señor y despreciar al hermano”. León XIV proclama en su encíclica los temas de los derechos humanos, abordando también la falta de liderazgo moral en una humanidad cada vez más sometida al servicio de la tecnología del fascismo —el tecnofascismo— que nos acecha, mientras la izquierda, antiguo motor del cambio, parece dormirse en los laureles.
El Papa habla con una tremenda convicción ética y moral. Para creyentes y no creyentes, sus mensajes directos están cargados de verdades incómodas, pero más necesarias que nunca, porque el mal existe y no prevalecerá. Prevost lanza mensajes poco dados a las políticas mediáticas. Su biografía, consagrada en la caridad de las misiones, palpa la auténtica realidad del mensaje de Jesús.
Una Iglesia encerrada en sus normas y edificios es una Iglesia obsoleta: un museo de peregrinos de cultos religiosos, reflejo de una sociedad que se ampara en el confort de su destino. Nadie sale inmune de las páginas de San Agustín o Santa Teresa.
Sin duda, la línea de continuidad de Prevost, ya marcada por Bergoglio, pasa por estar cerca de la gente que sufre y por tender la mano ante la necesidad. Es una manera austera de transmitir la palabra, con la mejor intención y con el sacrificio de llevar sobre los hombros una Iglesia pesada y antigua, ante una sociedad dispar donde la balanza se inclina del lado del poder y los líderes se acomodan junto a las supremacías.
Es un trabajo duro. La libertad del pensamiento se ejerce contra la época propia, y hoy los jóvenes parecen condenados a observar el futuro desde la incertidumbre. León XIV arrecia con mensajes tan raros como necesarios: “La verdad no es un territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir”.
A Canarias llega pronto con una revolución histórica y un cargamento de cofrades de seguridad. Llega a un territorio ultramarino y periférico, con pasaporte de continentes, donde el destino le puso de árbitro en la recepción de las decadencias del llamado tercer mundo. Canarias es una balsa en el océano para quienes huyen en busca de salvación. Su visita es esperada por todos como el último invierno: llena de esperanza para los fieles y también para los no creyentes.
Su revolución arranca en la cercanía y en su mandato de ahuyentar el mal como síntoma, uniendo el valor de la humanidad que carga en sus corazones la labor misionera de la salvación. Canarias irrumpe con su clamor en la dignidad de sus acciones ante el sufrimiento de las migraciones, como una sociedad generosa que sabe de desdichas y que enarbola la bandera de la esperanza para todos.






























