El silencio del papel blanco respira en el vacío del pensamiento como un viajero extraviado en una estación desierta, aguardando la diligencia que parece surgir del sueño. Es un telón de luz intacta que se abre con suavidad, guiñándole el ojo a la inspiración. Invita, en su callada pureza, a caminar alrededor de la espera, a hurgar en los detalles diminutos donde una chispa pueda prender el sendero. El silencio también contempla, y su mirada resuena honda, como un eco que recorre la intimidad. Miles de imágenes corren descalzas por los pasillos de la mente, buscando una salida luminosa. El mesón de las palabras descansa ordenado: comensales relucientes, cubertería que destella. Todo incita a descubrir palabras escondidas, metáforas tímidas que saltan, traviesas, al escenario, como duendes risueños o bufones cansados de tanto gesto.
Y de pronto, el palacio. Sus puertas ornamentadas se abren como párpados antiguos. La exuberancia del decorado acompaña el vuelo de una imaginación que despierta en su propio ritual. Como polillas señalando un fantasma en la penumbra, la densidad del aire revela dos mundos superpuestos: lo visible y lo mínimo, lo secreto y lo diminuto más allá del ojo humano. Altos techos majestuosos, telones suntuosos tejidos por viejos imperios, cuelgan en cascadas de pedrería. En las celosías, la historia de los reyes palpita entre sombras. Todo brilla bajo un barniz entre lo ostentoso y lo delirante; no hay corte posible, solo la imagen mental del lujo dormido en un recodo de película olvidada.
Me acerco al ventanal: afuera, la naturaleza ordena sus propios reinos. Bosques como islas de verdor, praderas suaves que parecen respiraciones, fuentes que levantan a los insectos en vuelos acrobáticos sobre el agua. Es un mundo abajo, inmenso y generoso, observado desde una altura que asombra. Interpreto esta perspectiva magnífica como un universo desplegado en cientos de dimensiones exactas, donde el tiempo y el espacio se entretejen en precisión sagrada. Conectar con semejantes alturas del pensamiento es ejercitar una meditación de hondura inusual.
Prefiero levantar la vista hacia el rosetón y regresar al palacio, donde las excentricidades alimentan mis búsquedas, y las palabras brotan con una naturalidad casi juguetona. Todo parece tan previsto, y sin embargo la mirada trastabilla, y el pensamiento se adentra en sus infinitos pasillos aún por revelar. No es intriga ni secreto: es el cauce movedizo de la mente, que avanza de meandro a afluente, y de riachuelo a río desbordado. El caudal crece, la profundidad se vuelve osada; nadar en estas aguas oscuras es un entrenamiento austero para una natación casi mítica.
Regreso entonces al apeadero. A lo lejos, el ómnibus deja oír su aliento de zarandeo empolvado, convocándome a un viaje romántico por los mundos de las sendas, esos caminos que nacen del sentido común del andante y de la necesidad que moldea los enlaces. Cuántos esquemas juguetean con el enredo, y en la punta de esa lanza que se vuelve literatura sin pulir, deslumbrante en su rareza, todo comienza cuando miro el papel blanco y dejo que los dedos golpeen el teclado, danzando. Razón y locura se enlazan; el baúl de las palabras se abre como un manantial inquieto.
La diligencia tirada por caballos llega de nuevo. Se acerca arriera, rastreando mis intenciones. Y yo, decidido partir, lo acompaño en su vagón de madera antigua torneada, donde la mirada encuentra una abstracción -arcaica, sublime- que parece inventada por el propio sueño.
Feli Santana






























