Feli Santana
El final del milenio, supuso el abandono rural de la población de muchos pueblos del interior. El éxodo de las tierras de cultivo, de las zonas rurales a la aparcería y al boom turístico, en busca de oportunidades económicas. El envejecimiento de la población debido a la emigración de jóvenes, y el aislamiento geográfico y deficiente comunicación de las necesidades básicas
En Canarias encontramos muchos ejemplos en los municipios más escarpados, con pequeños barrios aislados tras la desaparición de los mayores que allí quedaban, esos vestigios del paso implacable del tiempo. Hoy traen a nuestra memoria los esqueletos de las estructuras habitadas y el fantasma del tiempo del olvido.
APUNTES HISTORICOS
El nombre de este lugar proviene del conquistador Alonso de Zorita (Zurita), “el Viejo”, cuyas tierras fueron heredadas por sus descendientes, dueños de uno de los ingenios azucareros más importantes del antiguo Telde, a cuya jurisdicción pertenecía todo este territorio.
En un inicio, el área estuvo vinculada a las datas concedidas a Alonso de Zurita y a su primo Bartolomé Martín de Zurita. Sin embargo, fue con los nuevos propietarios, a finales del siglo XVII o principios del XVIII —antepasados de Benito Pérez Galdós— cuando el lugar adoptó un nuevo topónimo de clara influencia castellana.
Un hecho destacado ocurrió en enero de 1529, cuando Cristóbal García del Castillo contrajo su tercer matrimonio con Catalina Fernández de Zurita en la iglesia de San Juan Bautista de Telde, templo costeado por él mismo y considerado uno de los más bellos de Canarias. Catalina era nieta de Alonso de Zurita, uno de los cinco capitanes que participaron en la Conquista de Canarias bajo las órdenes de Juan Rejón. De este matrimonio nació, entre otros hijos, Juan Zurita del Castillo, natural de Telde
(PRIMO Y MEDINA, M.A.: «Alvar Núñez Cabeza de Vaca.)
LOS ULTIMOS HABITANTES DE LA HOYA
Siglos después de los viejos apuntes, abrimos el catastro de las memorias. Allí, entre las páginas invisibles que guarda el eco de Valsequillo, se alzan todavía los nombres: Manolito Martel, Panchito Gil, Memito, Antoñito Sánchez, Rogelio, “un tal Chopelo”, “Papeleta el viejo” … Sombras queridas que, al ser nombradas, despiertan como brasas en la penumbra.
Las Hoyas de Zurita fueron un tiempo de abundancia. Tierra fértil que respiraba siembras, cercana al bullicio aborigen del barranco de Los Llanetes, al agua generosa de los nacientes, al rumor constante del molino de los granados, erguido desde el siglo XVIII. Allí bajaban las vacas a beber en la acequia, y los andurriales se llenaban del pulso incesante de la faena campesina.
En el barranco de Los Jediondos —donde aún palpitan las plantas endémicas—, el agua nacida tras El Caidero de Pitango abría su senda hacia San Miguel. Allí, los bosques de ñameras crecían como custodios de un vergel escondido, un zoco verde y secreto en el abrazo de los barrancos.
Hoy, la Hoya de Zurita yace en silencio. Es cementerio de olvidos, esqueleto de un caserío fantasma. En su vecindad laten apenas los nombres que fueron: La Capotas, Hoya de la Coja, El Cercado, Hoya de San Gregorio, Los Mocanes… Toponimias que resisten como susurros testigos de un tiempo anterior






























