Es noche invernal, fría y serena, con el peso de una ralentada continua de las antiguas. Si te mantienes a la intemperie unos minutos —destocado, sin cachorro, digo— se te congelan las ideas. Y no quiero eso: es noche de plegaria, de sintonía con el rancho de ánimas.
He venido invitado por la familia Sánchez, José y el patriarca, Paquito Sánchez. Teníamos ese deber, siempre en sintonía con una curiosidad por descubrir sus historias, sus plegarias, sus cuentos. Forman parte esencial de la cultura de Canarias, integrados en el patrimonio cultural de protección de interés BIC.
Hay muchas caras conocidas del pueblo, en el que siempre nos alegramos de vernos y compartir la esencia de este culto tan venerado y antiguo. Saludo e intercambio conversaciones en las que desgrano el valor del encuentro familiar. Con toda la prole de la misma familia, en un servicio activo y entregado a todos, en darles el famoso “rancho canario” —de cuchara—, una cena antes de dar paso a las plegarias de conexión espiritual.
Fue Agustín Calderín, el ranchero mayor, cuando me acerqué a saludarle, quien me regaló las primeras perlas del tiempo. Un hombre curtido en la sabiduría de los años:
—Recuerdo al abuelo de tu mujer, Manolito García; era muy amigo de mi padre y tenían una relación especial de años. En las salidas del rancho siempre recalábamos en la casa de Manuel García. Allí sintonizamos algunas veces con el Rancho de Ánimas de Ingenio —desaparecido—, que venían en burros desde el sur al encuentro. Traían en los cerones del burro lechones para la fiesta y los encerraban en el chiquero de Manolito. Después de agotar las veladas, siempre sobraban algunos lechones que el rancho le regalaba a Manolito por ser tan leal anfitrión y por la amistad.
Este recuerdo me trajo de vuelta un episodio del bisabuelo de mis hijos y las anécdotas, a través de la amistad con el rancho de ánimas, de un pasado tan reciente como olvidado, que ellos mantienen fresco en el tiempo.
Paquito Sánchez cantó mejor que nunca anoche. Recordó a todos sus hermanos tras la ida reciente de su hermana Candelaria. Hizo un repaso, en estrofas, de las vivencias, de la vida y de la alegría de la familia, de la que tan solo queda él como baluarte generacional. La comunicación espiritual es absoluta. Cuando ellos cantan improvisando los salones y lugares donde recitan, se llenan de la energía espiritual de sus allegados. Es una fusión mística, de naturaleza antigua. Son los trovadores del pasado, cantando las plegarias a las ánimas benditas, para el recuerdo y la protección de la paz de los suyos.
El Rancho de Ánimas de Valsequillo sigue dando lo mejor de las generaciones, integrando a hijos y nietos, dando y añadiendo la participación de la mujer en el grupo, enriqueciendo este ancestro cultural que emana de la sabiduría antigua de los rancheros. Hoy, más fuerte y con un relevo generacional envidiable, se mantiene lúcido y activo, devolviendo las pócimas del pueblo y para el pueblo, cuando quieren hablar con sus muertos de la única manera que conocen.
Cuando volvía a casa, en la soledad del camino andando, el murmullo del canto me acompañó en su melodía ancestral y auténtica. Los golpes del triángulo y la magia del verso en coral golpeaban mi memoria, llamando a mis antepasados en la nostalgia de una noche fría de Valsequillo. Ellos siguen andando y cantando sus improvisaciones más allá de la vida, y sienten la cercanía de los suyos como el poder de una conexión espiritual, de rito sagrado y directo.
Feli Santana































Gracias Felix por estos relatos que nos mantienen en el recuerdo de nuestros antepasados y al mismo tiempo insentiban a mantener e incluso fomentar nuestras costumbres y tradiciones