Valsequillo Digital
Paquito Sánchez vivió dos vidas en una sola: cuarenta años entre contratos y andamios, y otros tantos abrazando la tierra áspera y generosa del Risco, custodiando el canto antiguo de los ranchos de ánimas. Nació en 1936, cuando los vientos de la historia soplaban furiosos y un general partía desde la bahía de Gando en busca del Dragon Rapide. Mientras España se agitaba en presagios de guerra, en una humilde casa del Risco nacía Paquito, rodeado de diez hermanos que, como un racimo, crecieron juntos bajo la sombra protectora de Antonio y Candelaria.
Su infancia fue un paraíso sencillo. Jugaba entre riscos y veredas, con la mirada encendida por la amplitud de la depresión de Valsequillo, que se abría ante él como un cuenco verde y fértil. Allí aprendió el valor de la tierra, esa madre silenciosa que, con paciencia y sudor, devuelve al hombre el pan y el sosiego.
Su padre había comprado la finca por siete mil pesetas, suma reunida con préstamos de vecinos más pudientes. Era una apuesta al destino, una fe ciega en que la tierra, trabajada con cariño, devolvería la inversión en frutos y esperanza. Y así fue: injertó almendreros amargos y los volvió dulces, y al poco tiempo, la finca regaló una cosecha abundante de mil kilos de almendras. Con ellas llegaron el alivio y el orgullo de saberse acertados. Millo, frutales y viandas poblaron después los bancales, y nunca más faltó el alimento en la mesa.
El Rancho de Ánimas de Valsequillo
Desde lo alto del Risco, Paquito contemplaba el mundo como un mapa vivo: las Haciendas, los Marteles, las tierras del Conde… Todas Las Vegas eran un tapiz verde bordado por manos campesinas. En aquellas tierras, los hombres construían en la roca y en los riscos, levantando hogares en los márgenes para no herir la riqueza de los sembrados. Ese ingenio, ese respeto a la tierra, se grabó en la mirada del niño.
Y junto a la tierra, el canto. Desde muy pequeño escuchaba a los rancheros alzar sus voces en Los Llanetes, como pájaros que no se resignaban al silencio. Miguelito Calderín, ranchero mayor, y los primos Antoñito Sánchez llenaban las noches con coplas claras, firmes como campanas en la montaña. Paquito vio cómo el rancho, entre discusiones y copas, fue aprendiendo a encontrar la armonía. Primero el canto, después la fiesta; primero la voz, después la comunión del pueblo.
Con los años, Paquito se convirtió en un hombre discreto y hospitalario, sembrador de amistades y de tenderetes en su casa del Risco. Allí, entre guitarras y brindis, mantuvo encendida la llama de la tradición. Hoy, con el cabello encanecido pero el alma intacta, sigue moviéndose entre El Risco y Las Vegas, rodeado de hijos y nietos que heredan el canto como se hereda la sangre.
Cuando alguien le pregunta por qué el rancho de ánimas sigue vivo, Paquito sonríe, se sienta despacio y habla como un viejo chamán. Narra un origen remoto: una guerra de los Macabeos, un naufragio en alta mar, una promesa hecha a las ánimas benditas para cantarles hasta el fin de los días.
Así, con voz de juglar y corazón campesino, Paquito Sánchez mantiene viva la música del tiempo: coplas que son memoria, canto que es raíz, tradición que resiste como los riscos frente al viento.































Hola!!! Buenos días!!! Qué decir de Paquito Sánchez!!! Es una gran persona muy servicial y amigo de sus amigos, que ha sabido inculcar sus costumbres y su manera de trabajar, a sus hijos y nietos para seguir manteniendo viva una tradición ancestral, como son el trabajo del campo y su devoción x las Ánimas benditas.Muchas Felicidades amigo de parte de su gran amiga Loli nuez la de san isidro,que sé que me tiene un gran aprecio el mismo que yo siento hacia él,no sólo x lo relacionado con el Rancho sino x temas familiares 😊😊.Un besito fuerte para él y para toda su familia.Se les quiere mucho x San Isidro de Teror .