Valsequillo Digital. Feli Santana
Matías Sánchez, abuelo de Manolito, sin saberlo transmitió su nombre a su hijo Miguel, padre de nuestro protagonista. Miguel Matías, hombre de paciencia y temple, legó estas virtudes a quien sería el primer alcalde de la era democrática en Valsequillo. A sus 91 años recién cumplidos, revisamos su legado al frente del Ayuntamiento para entender mejor el presente y futuro de la gestión local.
Nacido en 1934 en Casas Blancas, al abrigo del Lomito de las Retamas y junto al Barranco de los Mocanes, creció contemplando las vegas de Valsequillo, un mosaico agrícola de lomas planas donde la tierra y el ganado sustentaban a las familias. Segundo de siete hermanos, en los años cincuenta comenzó a trabajar en el mercado y abrió una pequeña tienda en Las Monjas, cerca de Las Ortesillas. Agricultor y ganadero, entendió pronto que servir a la comunidad era un deber natural.
En aquella época, la política local no era un oficio remunerado, sino vocación altruista. Las formaciones políticas reunían a vecinos relevantes de los barrios, y Las Vegas de Valsequillo fue cuna de varios alcaldes. En 1976, Manolito se convirtió en el alcalde número 50 desde la fundación del municipio en 1802, gobernando hasta 1987. Su etapa coincidió con los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia.
Un mediador nato
Antes fue concejal con Antonio Ortega (1964-1976), a quien sustituyó tras la última elección. La política empezaba entonces a mostrar roces personales: el propio Ortega, que antes le llevaba mercancía en su camión, dejó de hacerlo tras perder la alcaldía.
Más que un alcalde, Manuel Sánchez fue un mediador nato, un auténtico juez de paz. Vecinos con disputas por tierras, aguas o rencillas acudían a él, y con respeto y lógica lograba conciliaciones. Creía firmemente que la gente, al dialogar, acababa entrando en razón.
Su labor municipal se alternaba con su actividad profesional. Llegaba al ayuntamiento sobre las 9:00 y se marchaba a las 14:00, sin sueldo ni nómina, a menudo siendo él mismo quien echaba el cerrojo al final de la jornada. Durante la transición democrática, trabajó por cubrir necesidades básicas en barrios como Lomitos de Correa o El Rincón de Tenteniguada, donde aún faltaba el agua de abasto y otros servicios esenciales.
En democracia, consolidó un estilo negociador y abierto, impulsando el crecimiento sin perder el respeto a las tradiciones. Representó el último eslabón de un tiempo en que el alcalde era, ante todo, un vecino al servicio de todos, ejemplo de transición moderada y de compromiso con el bien común.






























