Feli Santana
A lo largo de los siglos, y tras sucesivos cambios de propietarios, la gran finca fue acumulando saberes, recursos y herramientas que la convirtieron en un espacio productivo de enorme relevancia. Desde los primeros tiempos de la era del metal, los útiles de labranza fueron perfeccionándose: segadoras, hoces, azadas, arados, trillos, rastrillos, horquetas, mochetas, faldigeras y palas constituían la base del trabajo agrícola. La maquinaria, siempre organizada con rigor, se clasificaba según la función y las exigencias del terreno: el armado de tierras, las siembras, las plantaciones, los riegos, las podas, la recolección, el almacenaje y el empaquetado.
La distribución de la finca respondía a un plan meticuloso. Contaba con almacenes de semillas, espacios para la preparación de productos, boticas y cuartos de venenos, donde se guardaban las antiguas máquinas de sulfatar, taladros especiales y prensas. Había hornos de candela, un frigorífico de los primeros en su tipo, botellas de gas, probetas de medida y productos químicos que daban cuenta de la modernidad que se iba incorporando. Los cuartos de aperos se complementaban con instalaciones para el ganado vacuno, queserías, vaquerías y cuadras de vacas y bueyes. Tampoco faltaban las estancias para caballos y gallanías, fundamentales en la vida rural.
Una fantástica herrería mecanizada servía para actualizar herrados y mantener en buen estado el utillaje. La finca contaba además con partidoras de almendras, trilladoras, telares, espacios para jardinería y eras de trilla abiertas para cuadrillas de bestias. El terreno, sabiamente organizado en terrazas, se alineaba con acequias de riego, cantoneras, troneras, estanques y embalses. Cada elemento estaba pensado para aprovechar el agua y la tierra, y su ubicación respondía a criterios estratégicos, favoreciendo tanto la producción como la movilidad.
Los caminos fueron en un inicio para bestias y arrieros, pero con el paso de los años se abrieron pistas para la maquinaria. A partir de la década de 1940, la finca incorporó su primer camión para el transporte de productos hacia los mercados de Las Palmas, ampliando después la flota con nuevos vehículos. En cuanto al patrimonio ganadero, la finca llegó a contar con cientos de cabezas de ganado lanar y decenas de reses vacuno y caballar.
El patrimonio edificado era igualmente notable. Destacaba la llamada Hacienda Grande, un enorme edificio de varias plantas, techado con tejas importadas de Francia y con suelos de barro especial en la segunda planta. Poseía patios interiores, cocinas, almacenes de víveres, capilla para oratorios y viviendas adosadas para el servicio doméstico. Su aire colonial, de estilo andaluz, servía tanto de residencia como de centro de convivencia y administración.
Más allá de la casa principal, la finca se articulaba en distintos caseríos: las Casas de don Pedro, donde se ubicaba un almacén-garaje para el camión y viviendas del personal; el caserío del Cerón bajo, destinado a la vigilancia de las zonas extremas como la Orilla de las Vegas y Pitango; y el caserío central del Alto Cerón, con las residencias de los propietarios, jardines, piscina y zonas de recreo.
La finca de don Emilio Suárez Fiol abarcaba desde los 500 metros de altitud en La Orilla de las Vegas hasta los 1.300 en el Cortijo de Botija. Su extensión comprendía la Cañada de las Mimbreras, el Barranco de Los Mocanes, el Barranco del Chorro y el Barranquillo de Las Haciendas hasta el Lomo del Fregenal. En total, más de 12 hectáreas —unas 60 fanegadas— de las cuales más de diez se destinaban a la agricultura, el resto a la ganadería y alrededor de dos hectáreas a bosque de pinar.
Así, la hacienda se convirtió en un verdadero microcosmos productivo, donde la tradición se unía con la modernidad y el trabajo humano encontraba su máxima expresión en la organización de la tierra y el aprovechamiento de cada recurso.






























