Valsequillo Digital. Feli Santana.
La historia de los pueblos se expresa no solo en los grandes sucesos políticos o en las gestas militares, sino también en aquellos espacios donde la vida cotidiana fue tejiendo la memoria colectiva. Entre esos escenarios destacan las haciendas, verdaderos núcleos de trabajo, riqueza y poder, que marcaron el pulso económico y social de las comunidades. En tiempos pasados, estas propiedades no surgían al azar: solían estar vinculadas a títulos nobiliarios otorgados como recompensa por servicios militares, herencias de linajes poderosos o gratificaciones tras campañas coloniales que aseguraban el dominio de la Corona sobre territorios recién conquistados.
En este contexto emerge la figura de Don Bartolomé Naranjo Hernández Nieto, primer Marqués del Buen Suceso, nacido en Las Palmas de Gran Canaria, en la calle La Cruz, el 25 de octubre de 1712. Su título, como era costumbre, llevaba la sanción directa del rey, y con él se mandaba a confeccionar el escudo de armas que recogía los símbolos de su estirpe y su jerarquía. No se trataba solo de un adorno heráldico: el escudo representaba el aval real, la legitimidad de un linaje y la garantía de que aquellas tierras quedaban bajo el dominio de una familia con privilegios reconocidos.
Las haciendas se valoraban tanto por la calidad de sus tierras fértiles —vegas, llanos y cañadas— como por la abundancia de recursos hídricos. Manantiales, acequias y minas de agua eran bienes de incalculable valor en unas islas donde el riego determinaba la prosperidad de los cultivos. Muchas de estas propiedades, además, quedaban bajo el amparo religioso con la construcción de ermitas y capellanías, lo que otorgaba un refuerzo espiritual y legitimidad social al poder terrenal de sus dueños.
El comercio con el Nuevo Mundo, especialmente con Venezuela, Cuba y las Antillas, trajo consigo un flujo de riquezas que favoreció el auge de muchas familias canarias. No pocas veces, los enlaces matrimoniales entre isleños y españoles peninsulares respondían a intereses estratégicos de títulos nobiliarios o ascensos militares. Con el tiempo, muchos descendientes de estas familias establecieron en Canarias su lugar de retiro y linaje, arraigando su historia en la tierra.
Las Haciendas
El reparto de tierras en Gran Canaria comenzó con el mandato del gobernador Pedro de Vera en 1612, cuando propiedades como la Hacienda Grande pasaron por manos de linajes notables: Carrión, García del Castillo, Tellos de Medina y el Prior de la Catedral de Las Palmas, Cabrera Linzaga. Para entonces, la finca abarcaba unas ocho fanegadas de terreno cultivado, además de dos fanegadas de arrifes y aguas propias de la Cañada de Botija. Posteriormente, fue adquirida por el capitán Fernando Calimano, antes de llegar finalmente al patrimonio del Marqués del Buen Suceso.
A mediados del siglo XIX, la hacienda pasó a manos de la familia Martínez Montañez, que la explotaba en régimen de arrendamiento. En 1857, su pequeña capilla oratoria adquirió relevancia al ser utilizada por el obispo de Canarias para celebrar las primeras comuniones de 52 niños del municipio de Valsequillo, un acontecimiento que unió la vida religiosa a la memoria del lugar.
Ya en el siglo XX, concretamente en 1940, la finca fue adquirida por el militar de alto rango Don Emilio Suárez Fillol, quien compró la propiedad al heredero del marquesado. Con este traspaso se cerró un largo ciclo histórico y comenzó la etapa reciente de Las Haciendas del Marqués del Buen Suceso, que aún hoy evocan, en sus muros y tierras, la memoria de un pasado de esplendor agrícola, poder nobiliario y profunda raíz social en la historia de Canarias.






























