Feli Santana
En el amplio catálogo de barrios y lugares poblados con toponimia en desuso, encontramos vestigios de actividad del pasado, dignos de recuperar para la memoria del colectivo y el recuerdo de sus pasajes históricos. El Portillo Los Pérez es otro poblado del Valsequillo antiguo, asentamiento apenas distante.
En el callejón del Portillo, que desciende junto a viejas edificaciones y terrazas amuralladas, encontramos el núcleo poblacional antiguo donde se fundó una de las ramas de la panadería de los López —Ventura López Glez.—. Aquí nació la otra cuna y expansión del legado de los grandes artesanos del pan de Valsequillo. Además, sus hermanos —Paco, Pepe el Rubio y Claudio— eran los expertos del amasijo.
Una historia de varios siglos de supervivencia, traspasada en varias generaciones familiares, que continúa hasta nuestros días. Este legado viene de la primera fundación de los bisabuelos, a principios del siglo XVIII, en la rampa de la cuesta antigua, bajada a El Colmenar. Allí, don Andrés López Cruz —Cho Clá— y doña Carmen Benítez Peña fundaron la génesis de la Panadería San Miguel, que continuaron en el tiempo sus dos hijos: Miguel López y Andrés López Benítez. Uno abrió en el Portillo Los Pérez y el otro en la calle La silla número 1, casco del pueblo.
Valsequillo era entonces un largo poblado, asomado al Barranco de San Miguel, con una calle continua que arrancaba desde El Calvario, subiendo por el camino viejo para cruzar la iglesia de San Miguel, continuando el ascenso por la Herrería y la Zapatería, para abrirse a través del balcón de la calle El sol.
El Portillo Los Pérez heredó el apellido de los antepasados del ilustre escritor canario, ya que allí vivieron sus padres y antepasados. Además, el tatarabuelo de Pipo —exalcalde de la era moderna—, el sargento Suárez del cuartel de El Colmenar, fue coetáneo de los Pérez Galdós. Junto al viejo poblado se asienta una hilera de casas canarias que sostienen el recuerdo de los antepasados.
Personajes como Miguel López Glez., muchos años zapatero de Tenteniguada, que aprendió el oficio de su pariente Panchito López Benítez, zapatero del Lomo Magullo. Años después, continuó la zapatería en el Portillo hasta su desaparición. Además, vecinos como Modestito Rodríguez, Dieguito López, Anita Galván, Clarivel, Miguel Benítez y Mariquita José Cruz.
Toda esa calle, desde el cruce hasta la curva del Olivo, era una carretera de tierra hasta los Lomitos de Correa, asfaltada en 1974 con la presencia de los príncipes de España, los Borbones.
Años después, a mediados de los setenta, me vienen los recuerdos de la recién inaugurada vía de acceso desde San Roque a través de Los Morenos y Lomitos de Correa. Acudir con Juan Morales —un primo de la familia, cazador de bandera—, en la madrugada, a comprar el pan redondo de leña que llevábamos durante la jornada de cacería: un pasaje fugaz de la memoria, grabado a canto en mi infancia; o en la memoria colectiva, el vecino de la orilla, en la esquina del Portillo, Miguelito el Gordo, había impuesto el primer televisor de pago de Valsequillo para la chiquillería. Ver películas en los años setenta en su casa costaba desde una peseta hasta medio duro, correspondiente al canon de la butaca. Se supone que, entre el suelo y la banqueta, andaba la clase.
Así era El Portillo Los Pérez: un rincón donde la historia se horneaba cada día, donde el pan, el trabajo y la memoria se trenzaban con la misma harina del tiempo de estas medianías.






























