En mi infancia recuerdo un cuento que me contaba mi abuela Teresa, a quien nosotros siempre llamábamos Yeya, hija del barrio de San José, en Las Palmas. Siendo niño, yo recibía aquel relato con la incredulidad propia de esa etapa del crecimiento en la que uno pone en duda lo que dicen los mayores, pensando que siempre esconden alguna intención que no coincide con nuestro deseo inmediato.
En este caso, ella no quería que saliera a la calle cuando llovía. Y, como buen niño, mi objetivo era salir, porque en aquellos años la calle era una habitación más de la casa, y cada salida, una aventura diaria. Me decía que no saliera porque recordaba que, siendo niña, una vez había llovido tanto, tanto, tanto, que hasta los muertos habían salido de sus tumbas.
Durante años, cada vez que llovía con cierta fuerza, recordaba aquel cuento de Yeya y sonreía, pensando en lo que se habría inventado para que mis hermanos y yo no saliéramos a la calle. La sorpresa llegó más tarde, aunque no puedo recordar ni de quién ni cómo, cuando alguien me habló del Cementerio Inglés de San José.
El Cementerio Inglés, también llamado Cementerio de los Ingleses, se encuentra en las laderas de San José, en la ciudad de Las Palmas. Su creación fue fruto de las necesidades de una época en la que los no católicos no podían ser enterrados dentro de la ciudad, por lo que eran derivados a zonas extramuros. Debido al creciente comercio con los ingleses, aquel espacio terminó siendo necesario. Su construcción se inició en 1834; el primer enterramiento tuvo lugar un año después, en diciembre de 1835, y el último data de 2005.
Lo cierto es que, en algún momento, escuché que aquel cementerio había sufrido fuertes inundaciones que causaron importantes destrozos. Aquella noticia despertó mi curiosidad y me llevó a investigar el suceso. Por suerte, encontré información completa sobre lo ocurrido: a comienzos de 1926 se produjeron intensas precipitaciones, hasta el punto de desbordarse el Barranco de Guiniguada.
Entre los daños sufridos por el cementerio se produjeron exhumaciones accidentales de restos humanos. Y fue entonces cuando comprendí que el relato de mi abuela no era una invención para protegernos de la lluvia, sino una memoria viva de su infancia.
Aquel día, la voz de Yeya volvió a sonar dentro de mí con toda su verdad: una vez llovió tanto, tanto, tanto, que hasta los muertos salieron de sus tumbas.
Hermann Hellsbuch






























