“Los abuelos espolvorean polvo de estrellas sobre la vida de los pequeños…” Alex Haley
De niño me gustaba oír a los abuelos de mi entorno, ya fueran míos o no, contar historias del mundo que los vio crecer, y por aquel entonces todos cuando menos habían vivido una o dos guerras mundiales, la guerra civil y como unos cuarenta años de dictadura. Con estos elementos y en este caldo de cultivo germinó la generación que me precede, a los que la transición a la “democracia” les llegó en su madurez, dando valor a la libertad de los nuevos aires que llegaron.
Mi generación ya disfrutó desde muy temprano de ese aroma de vida nueva y mente libre que nos trajeron las luchas sociales por los derechos de todo tipo, abanderados por un sin fin de cantautores de todo el mundo y en especial de America del Sur. Levantamos nuestros cimientos como personas influidos por la consciencia del sufrimiento de nuestros padres y nuestros abuelos, sabiendo de primera mano las injusticias que tuvieron que sortear para salir adelante, y no solo siendo testigos directos, sino además protagonistas de aquella vida. Mamamos esa educación directa, cara a cara, oyendo testimonios de sufridores, perdedores, y algún que otro ganador también (los menos) y con esa información en nuestra mochila salimos adelante lo mejor que pudimos. Aquel mundo en cierto modo era duro pero más sencillo, era fácil luchar contra el sistema, ya que estaba todo por hacer después de cuarenta años de dictadura…
Hoy la juventud se ha levantado sobre unos cimientos muy diferentes a los que me sirvieron a mi, no tienen el mensaje directo de los abuelos que sufrieron las guerras y pasaron penurias para poder llevar un trozo de pan a la mesa, no tienen el complejo de la necesidad por sobrevivir, el miedo a una vida en la carencia. Hoy en ciertos aspectos son relativamente más libres de lo que fui yo, pero para mi entender una parte del cable que nos une a tierra ha desaparecido, el ancla que me conectaba a la concepción de la realidad, que se construyó con los testimonios directos de abuelos, padres y mayores, no lo tienen los que me suceden, muy pocos testigos de las guerras mundiales y la guerra civil quedan ya, como mucho están presentes los hijos de la postguerra.
A todo esto sumamos además que la materia prima para entender la realidad pasa cada vez más por la pantalla de cualquier dispositivo, en el que al algoritmo “casualmente” le ha dado por recordar, maquillar y potenciar la imagen de genocidas y fascistas, y si no a ellos directamente, si a sus ideologías y políticas.
Hoy es más difícil que ese aspecto de empatía social que yo viví se traduzca en hechos. Veo a las generaciones actuales dando por sentado un montón de cosas de las que no saben el sudor y sufrimiento que costaron. Sintiéndose con unos derechos que creen que cayeron del cielo, sin valorar el costo de poder disfrutarlos hoy. Oyen música que los alinean en la perdida de derechos básicos para la mujer, siguen a influencers del tres al cuarto que creen sentar cátedra cada vez que hablan… Pero vas a cualquier acto cultural, y la media de edad no baja de los 40 o 45 años, no van los jóvenes…
Dentro de todo este batiburrillo de reflexiones queda siempre la oportunidad de mejora, sabemos que todo es cíclico y que no es la primera vez que las sociedades salen de un embrollo. La historia nos demuestra a poco que nos fijemos, que todo evoluciona de forma circular, ciclos que se suceden cambiando su polaridad continuamente, parece que volvemos a algo parecido a los caldos de cultivo de las guerras europeas del siglo XX, pero como en todo para que ocurran algunas cosas, tienen que pasar otras antes…
Tal vez haya sido error de mi generación no haber trasladado con más efusividad la experiencia de vida de los que nos precedieron, los derechos que tenemos y su costo para poder disfrutarlos hoy, pero este mundo acelerado nos atrapó y nos entretuvo quizás intencionadamente para que nos ocupáramos de otras cosas… y nosotros nos dejamos llevar por la inercia de la sociedad del bienestar.
Mi realidad, mis cimientos y mi manera de ver el mundo no son ni mejores ni peores que los de los jóvenes de hoy, son simplemente distintos. Y por suerte desde la diferencia crece este mundo.
Hermann Hellbusch






























