Mi apellido, mire usted, aunque venga “Del Pino”, Rubio me quedaré, como tinto se quedó el vino.
El Rubio le apodaron por sus ojos claros y pelo rubio, carácter alegre y juvenil, y una empatía genética de adorable emoticono. Aunque “Del Pino” es el apellido paterno que arrastra de sus antepasados —probablemente porque su primer heredero vivió cerca de un pino—, he aquí el dilema: si la constante se mantiene, que no es el caso, pudiera haberse derivado su descendencia en “el Rubio”.
En cualquiera de los casos, lo que prima es el autor de sus cuentos creativos, de una fina línea de socarronería del país; una revolución de la palabra y del pensamiento del pueblo antiguo. Aunque Paco se empeña en convertirlo todo en una normalidad sin el embadurnamiento del tiempo, que todo lo actualiza como una necesidad para la comprensión, cuando en realidad no es así. Si escuchamos atentamente sus quimeras y su forma de contarlas, entramos en una ventana cercana que ilustra la verdad silenciosa, esa que todos ven y quieren borrar callando, porque no tienen el eco de la gracia que debe acompañar la virtud.
Paco el Rubio siempre fue revolución andante, inconformista y creativo. Uno de esos héroes de juventud que marcaban, con ilusiones y trabajo, la actitud y la agenda de su destino. Paco, y la liberación de esa genética cargada de tradición y ensayo, recorre los espacios y rincones para recordarnos quiénes éramos, mientras describe el paisaje espontáneo de esos tiempos, esos pensamientos y esas actitudes. Un arroyo constante de artesanía local, intransferible, labrada en la observación y las vivencias.
En sus palabras en flor, reúne y desgrana esta pasión del cuento con la gracia de su creatividad ingenua. Busca en el detalle una transición literaria de la palabra, para que no se pierda su tono, su mensaje, su forma apasionada de contar, en una especie de suspense que permite al pensamiento del receptor imaginar y cuestionar el “thriller” de la leyenda que está elaborando, y cuyo desenlace no vas a conocer hasta el final, ni a perder la concentración del trance en que te mete, despellejando situaciones y momentos con sus cuentos cargados de toponimia y personajes del pueblo.
Paco el Rubio sigue de cerca, apuntando en su libretilla de bolsillo, rescatando de la sabiduría popular los encuentros y desenlaces de las cosas del canario, armando de entusiasmo la fina ironía de sus cuentos, como el arma más poderosa contra la invasión del tedio tecnológico impuesto. Él aparece en la palabra y la fábula como un querubín anunciador de antepasados, como el mismo personaje que transita la memoria no escrita y sí contada; revive situaciones y proyecta sus desenlaces con la fuerza de los tiempos del sur. Un temporal de socarronería con identidad de Tenteniguada. Así es el hombre “Del Pino”, aunque nació rubio y clarividente.
Feli Santana






























