Valsequillo Digital
En la Noche de Reyes, cuando el frío baja despacio por las laderas y el tiempo parece detenerse, en Valsequillo —en El Rincón— y en Tunte, despierta una memoria líquida y roja: la guindilla. Licor amable y de entraña invernal, nacido del ingenio de un cura catalán a comienzos del siglo pasado, que encontró en Gran Canaria tierra fértil donde echar raíces. Desde entonces, en Navidad y Carnaval, su esencia comparece en las mesas familiares como quien vuelve a casa.
La cultura popular, paciente y sabia, fue puliendo la tradición sin aspavientos, conservándola como se guarda una semilla: con naturalidad y respeto. No había mayor propósito que el de cumplir con lo heredado. Y sin embargo, el fruto tentador exigía vigilancia, pues de aquellas guindas dependían apenas unos litros del elixir. Así, entre custodios del árbol y artesanos de la rima, nació un poema que sopló vida a la costumbre.
Decía la voz del pueblo:
Tenía el señor Tila
un guindero bien sembrado,
con espantajos de trapo
y un sombrero ya gastado.
Pero los diablos mirlos,
listos como tentación,
se comieron todas guindas
sin pedirle perdón.
Si no es por mujer e hija
que guardaron provisión,
no se prueba la guindilla
ni se cumple tradición.
Entonces Pichí, alertado,
compró escopeta certera,
de carburo disparado
cada cinco a la primera.
Decía María Rodríguez
con palabras bien medidas:
—Gracias tiene la escopeta,
que ya pagan bien las guindas;
por un kilo bien contado
más de quinientas pesetas.
Lo decía Cabrerilla
con orgullo y picardía:
—Bendita la escopetilla
que protege la alegría.
Y Dorotea cerraba
con saber y prevención:
un pizquita de limón
y cuidado en la cocción,
vainilla para el aroma
y manzanilla en sazón.
Con lo caro que está el ron,
¿qué valor tiene la guindilla
Y Dorotea, al cerrar la ronda,
ponía juicio y poesía:
un pizco de limón,
toda la prevención,
esencia de vainilla
y ramillete de manzanilla.
Con lo caro que está el ron,
¿a qué precio la guindilla?
Anoche, -Víspera de estos Reyes- Antonio Medina —vecino nuestro, de la familia de Los Bobos— tuvo el honor de derramar la tradición en una cantimplora colmada de guindilla artesanal. Bastó ese gesto para que el corazón se llenara de alegría y la fiesta encontrara su sintonía antigua.
Porque estos cultivos, como los cuentos heredados, viven a medio camino entre el olvido y la revelación. Y de pronto, cuando el invierno huele a rocío, escorrentía y potaje se revelan como un regalo de los antepasados, para añadir calor y color a la reunión de las pasiones del pueblo.
Gracias Tenteniguada, por mantener alta la fe y las tradiciones.
Feli Santana






























