A menudo descubrimos perlas e historias personales que nos conmueven y golpean nuestras entendederas. Nos complacemos al desgranar aventuras de vida que, en muchas ocasiones, sobrepasan los límites de la supervivencia y llegan a tocarnos la fibra con absoluta verdad.
Enmi Hahnefeld era una niña de cinco años cuando su familia abandonó Gran Canaria y se trasladó a Berlín. La mala fortuna quiso que fuera testigo del inicio de la guerra, de los bombardeos, del hambre y la miseria; del saqueo, los campos de refugiados, la muerte y el destierro. Pero también supo identificar, en medio de aquel horror, el amor familiar, la unión y la esperanza.
Su padre, Eduard Hahnefeld, era alemán, nacido en Berlín. Llegó a Canarias a principios de los años treinta procedente de Sudamérica, donde trabajaba para la multinacional Siemens A.G. Nada más llegar se enamoró de la isla de Gran Canaria y decidió quedarse. Se casó en Las Palmas con Carmen García Pérez, hija de Juan García, militar comandante que había luchado en la Guerra de Cuba.
La familia vivía entre San Bernardo, Vegueta y Tenteniguada, donde Enmi pasó parte de su infancia. Recordaba con especial cariño los veranos en las casas de sus tíos, aquellos viajes interminables para llegar al pequeño pueblo canario, entre coches y burros, las cogidas de tunos que luego lavaban en el barranco para refrescarlos en el agua, con su pulpa riquísima; la recogida de guindas, peras y otros frutos de la tierra. Era una casa de campo maravillosa, donde no faltaban los potajes canarios, las cabras, la leche, el gofio ni el cariño de la gente sencilla.
Su padre volvió a Alemania con la familia en el verano de 1938. Después de reencontrarse con sus abuelos y otros familiares, se asentaron en Berlín. Y allí, aquella vida inmensa y moderna se fue convirtiendo poco a poco en un caos. Aunque ella, todavía niña, no percibía del todo la realidad que amenazaba a sus paisanos, el cerco de una vida plena se fue cerrando hasta desembocar en la destrucción y el horror de la guerra más sangrienta de Europa. Su padre, por imperativos de su trabajo, pertenecía al partido nazi, circunstancia que formaba parte de aquel tiempo oscuro y complejo.
«Incluso llegaron a desenterrar a su padre para llevar sus restos en una urna, hasta encontrar un lugar donde pudiera descansar en paz.»
Enmi recordaba las sirenas constantes de los bombardeos sobre Berlín, el racionamiento cada vez más severo a medida que avanzaba el conflicto bélico y la muerte de su padre en 1944, víctima del tifus provocado por la picadura de un piojo. Tras su fallecimiento, su madre y las cuatro hermanas quedaron bajo la dureza del racionamiento y el fuego continuo. Sufrieron el atropello de las ocupaciones rusas, los abusos y horrores de la posguerra, y fueron pasando por distintos campos de refugiados. Incluso llegaron a desenterrar a su padre para llevar sus restos en una urna, hasta encontrar un lugar donde pudiera descansar en paz.
En medio de aquellas transiciones entre ocupaciones y campos de refugiados, Enmi sacó valor para escapar del horror de la ocupación rusa. Tras casarse con un italiano, cruzó los Alpes y viajó hasta Génova. Allí se despidió de él y continuó el camino junto a su madre y sus hermanas hacia Barcelona, en barco. Gracias al apoyo de la familia canaria y a sus contactos en la ciudad, pudieron embarcar en un correíllo rumbo a Gran Canaria. Fueron cinco días y medio de viaje en aquel cascarón de nuez que, para ellas, se convirtió en una nave de salvación.
La inmensa estampa de Gran Canaria, a finales de los años cuarenta, le devolvió el sentimiento de pertenencia a un viejo hogar. Volvían a sus recuerdos de niña, a la gratitud de sus abuelos, que las recibieron con los brazos abiertos. Las hermanas se fueron adaptando poco a poco a la vida tras la guerra y a la realidad decadente de las islas de aquellos años.
Pero pronto, ya con dieciocho años, Enmi comenzó a vivir la nueva sociedad canaria. Todos sus descendientes trabajaron duro, apoyándose en los idiomas y en distintos oficios, hasta instalarse en Las Palmas y, más tarde, en Tafira. Fue un recorrido vital lleno de vivencias, heridas y aventuras, pero también de resistencia. Gracias a aquella lucha por vivir, lograron sobrevivir al trance y reconstruir su destino.
Esta historia la recordaba Enmi Hahnefeld, y decidió escribirla para liberar los tormentos de su infancia. Lo hizo en un fantástico libro de vida publicado en 2006, –Luchar para vivir. Mi infancia y juventud en Berlín durante la II Guerra Mundial- Colección Viera y Clavijo. Ya mayor y en plenitud. Tras la lectura de su experiencia familiar, desde su niñez y los veranos en Tenteniguada hasta el infierno del Berlín, queda una certeza profunda: hay vidas que no solo merecen ser contadas, sino también guardadas como memoria viva de una generación que aprendió a sobrevivir cuando todo parecía perdido.
Feli Santana






























