La naturaleza nunca deja de asombrar por su entrega silenciosa y su constancia inquebrantable. En ella se cifran los signos del tiempo, aunque a menudo pasen inadvertidos ante nuestros ojos, incapaces de absorber tanta riqueza paisajística. En el devenir de los pueblos laten los fenómenos vivos que justifican la historia, y tras ellos, los monumentos que la perpetúan: arte, arquitectura, piedra y memoria. Todo forma parte del mismo movimiento del tiempo, de su inspiración sobre las cosas.
Pero hay instantes en que la sorpresa se vuelve revelación: cuando descubrimos seres —humanos o naturales— que han logrado vencer al olvido. Árboles, personas centenarias, raíces y ramas que desafían los siglos con su permanencia activa.
En el horizonte de Valsequillo, mirando hacia el sur, sobre las cálidas tierras altas de Las Vegas, se alzan algunos de esos testigos del tiempo: los Pinos de Las Moranas. Su presencia ha sobrevivido a generaciones, sosteniendo el mismo porte erguido que ya mostraban hace más de cien años, como pude comprobar al observar antiguas fotografías donde aparecen con la misma dignidad verde y perenne. Así nació mi deseo de buscar en ellos el misterio de su longevidad y su leyenda.
Todo viajero que entra a Las Vegas queda inevitablemente prendido de su silueta: ese verdor antiguo que anuncia la entrada al barrio como un guardián silencioso. Si remontamos la memoria hacia siglos atrás, cuando aún no existían carreteras ni motores, podemos imaginar el porqué de su emplazamiento. Junto a los pinos de la Montañeta de Las Moranas se fundó uno de los primeros asentamientos del lugar, del que hoy apenas se conserva la huella entre ruinas y paredes de piedra abrazadas por casas nuevas.
Los antiguos habitantes de las Vegas de los Mocanes vivían en cuevas y nacientes de los barrancos —Los Mocanes y El Chorrillo—, al abrigo de la ladera sur de Las Moranas. Fue allí, en esas orillas del barranco donde se asienta el poblado, donde las familias más pudientes comenzaron a levantar las primeras casas de piedra; primero en la calle Maestro Juan Manuel y el barranquillo del Chorrillo; ya en el nuevo siglo, ampliaron visiones en la recta de Las Vegas y sus alrededores.
Por entonces, el camino de los Aromeros —llamado así por la abundancia de aromos que sombreaban su trayecto— unía Valsequillo con Las Vegas. Los vecinos, arrieros y campesinos descendían al barranco de San Miguel por el viejo molino de los Vizcaínos, y subían luego hacia las tierras altas, atravesando los llanos de cubas y Las Moranas con sus vigías naturales
Hoy, los Pinos de Las Moranas —supervivientes de varios siglos— siguen allí, altivos, respirando historia. Son el eco de sus antepasados, que tal vez plantaron en un acto generoso: Agustinita Martel, Robertito Martel, Antoñita y Paquito Peñate, Gregorito… nombres que el viento aún pronuncia entre sus ramas. Y que sus nuevas generaciones de descendientes siguen ampliando aquellas tierras, El lugar y su recepción de entrada es portal natural altivo, guardianes verdes de las fértiles tierras de Las Vegas, que han visto pasar arrieros, campesinos y cortejos fúnebres.
Todavía hoy, cuando el sol declina y el viento sopla entre sus copas, los pinos susurran con su sombra y su porte farero ilumina el pulso antiguo de la mirada a Valsequillo.
Feli Santana






























