Eran noches de vela oscura, noches de agua serena. En la cabecera de la cama, el crucifijo conciliaba el amparo y el sufrimiento de los pobres: agarrarse a la oración, a la fe, a aceptar la voluntad de Dios. Así se vivía en aquellos años de juventud de los abuelos. Con Dios todo, sin Dios nada, frase que cerraba filas al testimonio.
Aquella tarde, fuera de la cueva, Miguel había hablado con su padre sobre el tiempo. Llevaba días con una punzada inquieta en el pensamiento. Miraba al cielo y al paisaje, escudriñando señales en la naturaleza que le revelaran lo que vendría. Presentía —con la inexplicable razón del presentimiento— que no se equivocaba: los insectos se movían alterados, las aves buscaban amparos temporales, solas o en parejas. El aire estaba sereno, las nubes altas habían desaparecido y una niebla tenue parecía enjabonarlo todo.
En aquellos tiempos las predicciones eran sabias. Las tornas se viraban a tiempo y las escorrentías se limpiaban con agrado para el parto del cielo, para el regalo de Dios. El pensamiento era recadero del acontecimiento. Se recogía, se protegía y se preveían tiempos de agua.
—Ojalá no haga viento y la lluvia sea serena y abundante.
Miguel heredó la dulzura y la sabiduría de su padre, Antonio, hombre nacido en el barranco de García Ruiz, donde también vivieron los de La Pepina, personaje misterioso que dio nombre al lugar. Recuerdo que mi madre contaba historias antiguas del abuelo: una familia asentada en la depresión del barranco, cuya matriarca fue llamada Pepina, nadie supo por qué. Su nombre quedó anclado en la toponimia del tiempo. Hoy soy testigo de esa memoria y escribiente de los recuerdos, transmisor de otras vidas.
Miguel despertó de un salto. Había pasado del duermevela a un sueño inquieto en el que su padre le recordaba las previsiones de las noches de agua serena. Se amarró las alpargatas al tiento y encendió la vela, cuya llama despertó duendes dormidos, una estampa de cuentos antiguos.
Afuera, el rumor del rocío componía una orquesta de agua mansa, un concierto de ángeles meones en noche de fiesta. Tantos rezos habían conciliado la voluntad del cielo. El agua corría alegre, se estancaba dulce, como espejo del alma.
Los perros no ladraron ni los burros rebuznaron aquella mañana de San Miguel. Solo un ejército de gusanitos negros y babosas sedientas salió a ocupar el terreno húmedo. El agua bajaba por las torrenteras, saltando desde los riscos como puñales plateados en busca de cauce. Miguel miró a la cresta de los Picos en el resplandor dormido del amanecer y escuchó el maullar de un gato, aviso de hambre y desconsuelo.
La noche había sido larga. Los ratones se ocultaban en yerberas y alpendres; la poca lumbre protegía a los pequeños seres de la sombra. Afuera, la noche fue serena de agua.
Con la aurora, Miguel se puso en marcha. Con una bolsa vieja de plástico se hizo una capucha y, con el sacho al hombro, recorrió escorrentías y desvíos, corrigiendo los cauces. El agua que entraba en el estanque y en los aljibes era limpia y alegre, bendición de los elementos. El agua es vida, es el bien más preciado, y su cuidado debe ser un bien común, recordaba el consejo de su padre.
—Tenemos riego para el verano.
Pensó en las hortalizas y los frutales, en el mercado y en la tranquilidad de las cosechas. Tal vez, para San Pascual, le tocaría la suerte.
La tierra estaba empapada. El inicio de las lluvias de otoño dejaba ese olor a tierra mojada indescriptible: sudor de suelo y roca, de malvas, acebuches y pitas. Un concierto de vapores minerales.
Y todo ello era la gracia de despertar a la luz del día, a la suma del riego en la madrugada.
Feli Santana






























