“Suele la vida tener altas y bajas y uno las acomoda según su comunión”, cantaba Amaury Pérez en la canción, a modo de argumento para su “Olvídame, muchacha”, en una despedida despiadada a la adolescente que se prendó de él en aquel tema de principios de los 80. Pero no por ello deja de ser menos cierto.
Vivimos, desde que nacemos, entre altas y bajas que nos acompañan hasta nuestro trascender de este mundo. Hace unos días, este pueblo disfrutó de una fotografía de las “bajas” de una época oscura de nuestro pasado, que tuvo a bien mostrarnos Pino Sosa con su documental “Los Pozos del Olvido”, en donde, como ella explica, fueron desaparecidos los demócratas de muchos pueblos. Un recuerdo de lo que no se debería volver a repetir.
Sin perder el horizonte, debemos ser conscientes de que vivimos en un mundo cíclico, donde volvemos “casi” al punto de partida cada cierto tiempo, y que esto es así desde que el hombre toma conciencia de sí mismo. El matiz está en el “casi”, pues es esto lo que puede dar el salto evolutivo: es la oportunidad de entender la realidad desde un punto de vista diferente y de mejorarnos como sociedad, dando respuestas más empáticas y serenas hacia el entorno que nos rodea y hacia quienes piensan de forma distinta. Poder integrar nuestra realidad en nosotros desde una atalaya más elevada nos da la oportunidad de mejorar un mundo complicado.
Con el tiempo, es necesario sanar las heridas, por muy duras que sean, desde la óptica adecuada, comprendiendo de forma global nuestro trabajo en este mundo. Hay que hacer duelo por nuestras pérdidas para continuar, pero hay que continuar, y esto es innegociable. Cada uno elige, desde su libertad, cómo afrontar su dolor, y esto requiere tiempo: unos necesitan más y otros menos; la velocidad la marca cada cabeza.
Parece que en estos tiempos se repiten patrones que creíamos superados en esta parte del mundo. El ciclo vuelve a ponernos a prueba. Espero que ese “casi” del que hablábamos acabe siendo catapulta para un mundo mejor. Espero, sinceramente, que la cordura y la serenidad le ganen la partida al algoritmo que nos gobierna y a sus mandatarios. Tan solo somos personas que queremos pasar por este mundo de la mejor manera, intentando tener nuestros ratitos de felicidad, de justicia, de respeto y de armonía con este planeta que nos acoge.
Hermann Helbusch






























