Tremenda silla levantó Lelo de un tronco olvidado. No era solo madera: era memoria tallada a pulso. Quiso inmortalizar el recuerdo de un amigo de tertulias, de combates dialécticos de barra, de eternas arrancadillas bajo el almendrillo. Mientras serruchaba los listones y medía con paciencia de artesano, Agustín parecía susurrarle anécdotas del destino, apoyado en el torno invisible de la amistad, llenando el aire de serrín y pensamiento.
La política municipal solía ser la punta de lanza de aquellas conversaciones. Agustín sostenía, con sonrisa cómplice, que las soluciones a los grandes problemas comenzaban por ordenar las palabras. “Las soluciones empiezan en la lectura y terminan en los hechos”, repetía. Era lector curioso, atento a los fragmentos de vida del pueblo, convencido de que la cultura no adorna: transforma.
Anoche se plantó en la memoria de todos. Paseó, incrédulo y risueño, por delante de sus paisanos. Hizo chanza a los más entrañables y lanzó guiños de amor a las palabras que bajaban en cascada desde los libros, los poemas y los recuerdos. La sabiduría fue siempre su refugio y su herramienta; la universidad de la vida, su aula permanente.
Cuando contempló la silla que Lelo le regaló, pareció preguntarse quién debía ocupar aquel gigante taburete. Y la respuesta fue sencilla y luminosa: sentó los libros, la tertulia, la conversación encendida que no se apaga en la oscuridad. Allí descansaba el tesoro más preciado: la amistad acompañada de ideas.
El salón se vistió de cuadros. Su creatividad pictórica, libre y atrevida, dejó geometrías, paisajes y sueños. Con pincel de aprendiz eterno, Agustín siguió explorando el mundo. La música también fue su casa: en sus notas encontró la melancolía y la esperanza. Compartió la fraternidad de los tiempos y creyó en la juventud como fuerza salvadora y proactiva.
Amigo de parrandas y de debates interminables, arregló el mundo como lo hacen los soñadores sinceros: con pasión y con risa. Su fortaleza vive en la nobleza de sus acciones, en su lucha contra las desigualdades, en la humildad de quien sabe mucho y presume poco.
Hoy su silla de madera noble no está vacía. Grita tertulia, amistad y esperanza. Sigue convocando a la tropa, reuniendo voluntades, recordándonos que pensar juntos es una forma de querernos mejor.
Gracias, Agustín, por reunirnos una vez más en el eco de una sala llena de energía amiga. Tu ejemplo permanece sentado entre nosotros. Y desde ahí, nos sigue hablando.
Feli Santana






























