Esta Navidad es verde y fría. Y eso, en estos tiempos, es un regalo.
Un regalo natural hecho de agua, paisaje, cielo bajo, luz limpia y transparente. Montaña agradecida, hierba alta, manantiales y nacientes. Una bendición que nos llega por esas extrañas razones que a veces llamamos ciclos del tiempo, otras plegarias escuchadas y, muy pocas, simple casualidad.
Aunque las estadísticas enumeren datos y pluviómetros, esta forma de vivir el invierno se parece más al recuerdo del pasado que a los últimos treinta años. En los años setenta y ochenta, las lloviznas continuas en medianías y cumbres marcaban inviernos largos y fríos. Las nacientes mantenían la tierra esponjosa, fértil, viva.
¿Quién no recuerda en la niñez los tacones de barro incrustados en las suelas, arrancados a golpes contra una esquina o con un trozo de palo, piedra o caña? Teníamos frío. No había prendas térmicas sofisticadas y el armario ofrecía lo justo. Aquel frío era intenso: piel de pingüino, nariz roja, rozaduras constantes. Los abrigos y pulóveres duraban muchos inviernos, hasta que las mangas se encogían.
Mirar el cielo cargado de nubes densas sobre las montañas era parte del paisaje cotidiano. Aún escucho los cencerros de mi infancia y siento la dureza noble de lo rural. En la memoria guardo una niñez entre hostil y melancólica, con poco cobijo y mucha responsabilidad.
La Navidad se vivía al ritmo del agua. Escorrentías y chorros brotaban de la tierra como un desahogo. Corríamos a los lugares arcillosos a buscar la plastilina natural con la que hacíamos los muñecos del portal: el trío esencial, el pesebre humilde. Angelitos sin alas perfectas, helechos arrancados del risco con su torta de tierra para que no perdieran la vida. Y la estrella de Oriente buscada desde cualquier punto cardinal, con tal de que nos iluminara por dentro.
Estos pasajes regresan cada año con el frío. Cuanto más intenso, más huella dejan. Quedaron tintas secas y grises del pensamiento, pero también el arco iris que nos sacaba del sueño real y nos llevaba, en volandas, por su portal de colores.
Hoy celebramos nuevas iluminaciones y acontecimientos que dan vida a los pueblos. Tejeda, convertido en portal Ferrero, brilla desde las cumbres y proyecta economía, visitas y orgullo compartido. Ojalá esa luz sirva también para cuidar el entorno, fortalecer lo comunitario y mantener viva la esencia.
Vuelvo a felicitar la Navidad con este relato, sin más personajes que nuestras propias glorias, aún encantadas. Lo dedico especialmente a nuestros amigos de Tejeda, por su sencillez, su arropo y su manera de iluminar no solo un pueblo, sino el corazón de la isla.
Feli Santana






























