Aunque aún corren finos hilos de agua por el barranco, donde las ranas comienzan su ciclo en las buenas charcas empozadas, Valsequillo amaneció bravo de calima y calor. Las cañas descuelgan carrizos verdes que sostienen el hábitat de millones de insectos, bullendo en un paisaje cargado de abundancia. Ese aspaviento de temperatura azota la hierba, todavía verde, que ya empieza a virar hacia el amarillento de la plenitud, del fruto que se anuncia. Y es que esta primavera se estira generosa, agradecida al riego feliz del cielo invernal.
Las tierras comienzan a orearse y, tras ese breve lapsus del tiempo, arranca la cosecha. Los agricultores se apresuran a echar las papas fuera antes de que la maleza las invada y se pierda el fruto. El mercado marca precio sonante: muchas producciones naufragaron con las últimas lluvias inesperadas. Son ciclos que el cielo libera —caprichosos—, trayendo consigo tanto la alegría del cambio como la urgencia de la recolección.
Valsequillo lanza entonces el reto a sus labradores, poniendo cupo a la participación para agilizar la salida de sus productos, en una venta directa de feria de pueblo. A ello se suma la creatividad popular: la cocina de siempre, la comida de casa, la repostería humilde y las vituallas frescas. Y en la docencia, se abre la puerta a los más jóvenes para que conozcan los procesos de la cosecha y el valor de los productos, como escuela viva de las artes del cuidado y la producción de la pachamama—la madre tierra—.
Como si de un pueblo medieval se tratara, la mañana se engalana con ventorrillos modernos —carpas blancas alineadas— en un espacio acondicionado para el encuentro.
Y llegó el público, cubriendo los espacios con una curiosidad franca. El aire se llenó de aromas rurales; los olores de las comidas caseras se entremezclaron con el clamor de los visitantes. Mucha gente, pero sin colapsos: una manifestación alegre y fluida, con el color propio de la armonía de feria.
Al fondo, la parranda de medio jigo pa’l kilo, y la escuela de música poniendo el sabor. Entre la sencillez y el intercambio, se vendieron papas nuevas, fresas, piñas asadas —y piñas “mamadas”—, bollería artesanal de la de siempre, y aceitunas del país. No fue abundancia desmedida ni exceso: fue oportunidad. Comercio agrícola local en estado puro, alivio para las cosechas y consumo interno con sentido.
Valsequillo siguió luciendo su estampa de medianías: charla cotidiana, cercanía, trato directo del agricultor al consumidor, sin intermediarios. Y aquello gustó. No hubo colas de tráfico ni escenas de mendicidad. Fue también una forma de reeducar: gestionar mejor las oportunidades y entender las demandas del trabajo del campo.
Exaltar, con voluntad, la riqueza y el escaparate de un pueblo que sigue siendo referencia en las medianías. Desde las papas hasta la miel, el ganado, el queso, las fresas y las flores. Sin olvidar las excelencias de las almendras.
Valsequillo siempre mostrará ese color de mercadillo cercano, donde la frescura de los alimentos explica los sabores y el orgullo de la tierra. Mojos para untar el pan, vinos para catar las labranzas, palabras para decorar el paisaje… testigos de un pueblo activo, agrícola y razonablemente culto.
Feria de la papa y el millo: caudal de actividad, premios al cosechero, reconocimiento al agricultor de labranza, que resiste —con dignidad— al culto profundo de sus tierras
Feli Santana






























