Ignacio Sánchez Acedo. Canarias7.
Con un empate sufrido en casa ante un recién ascendido y sensaciones contrapuestas, de más a menos y la evidencia de que queda mucho por hacer. Así se escribe la película del regreso de la UD a Segunda, sometida por el Andorra tras un inicio prometedor. La UD terminó pidiendo la hora ante el miedo de que todo fuera a peor. Nadie salió contento del Gran Canaria tras un estreno en las antípodas de las expectativas.
La UD encontró el gol antes que el juego, que también vale. Su primera aproximación al arco del Andorra, tras un inicio de disputas y pocas ideas, terminó en la red gracias al mérito compartido de Iván Gil, que largó un chutazo al larguero que mereció mejor suerte. Al reparto de méritos se sumó la persistencia de Marvin para hacerse con el rebote, la finura de Fuster, que filtró un balón crucial, y el oportunismo de Ale García, presente donde tenía que estar. De repente, viento a favor con el 1-0 y el equipo todavía por hacerse a la tarea.
A la UD le faltó ese punto de fluidez en la construcción que sólo da la competición. Loiodice y Amatucci estuvieron muy dispersos en la zona ancha, y con Fuster y Gil apareciendo de manera intermitente, el plan de partido de Luis García tuvo muy pronto el golpe de efecto deseado para crecer y serenarse. El rival no dio ni una facilidad y, por momentos, se mostró muy académico en sus posesiones y posicionamiento, con paciencia en la distribución, llegadas por las dos bandas, aunque sin profundidad, y recursos para discutirle a la UD el pleito.
Esa disposición escalonada del Andorra dificultó las transiciones, aunque toleró el galope. Y así pudo llegar el 2-0, apenas diez minutos después del primero, con un gran pase al espacio de Loiodice para Ale García, pero en el mano a mano con el portero, se quedó a medias. Ni regateó, ni chutó. Y, por abajo, le rebañaron la pelota. Ese segundo de duda le privó de otro. Un aviso que quedó en eso y que pudo haber ampliado la cuenta, quien sabe si sentenciado.
Fuera por consigna del técnico o porque las piernas, en agosto, todavía no dan para más, la UD pareció conformarse con que nada ocurriera y dio un paso atrás. Y ese fue su gran error, ceder el mando a un Andorra tan entusiasta como inocente. A Horkas sólo se le vio en un centro que se le complicó por exceso de confianza y cada amago de acometida terminaba en el camino, sin que prosperara nada. Así corrieron los minutos hasta el intermedio, a un ritmo pausado y con todo concentrado en zonas tibias, sin peligro ni relevancia.
Y lo que se temía, llegó
Era necesaria más intensidad y precisión. También otro gol que evitara mayores suspenses, que de lo que se trataba, por encima de todo, era de facturar de tres en tres. Pero el Andorra salió contestatario, beneficiado por la presión menos agresiva de la UD, confiada en su contragolpe. Era peligroso manejarse con renta justa porque el rival, con sus limitaciones, se veía con opciones y empezaba a creérselo. Loiodice, con una vaselina por sorpresa, rozó un acierto de bandera. A Ale García le anularon una celebración por un fuera de juego ajustadísimo, por milímetros estuvo la cuestión. La UD remataba más que generaba, pero el partido estaba para eso.
En una fase de indeterminación, se llegó al tramo final, con todo abierto y demasiado vértigo. El Andorra al que mejoraron los cambios no tenía nada que perder. Y del temor se llegó a lo que nadie quería que pasara, un empate que llegó por pura desgracia. Con despeje hacia su propia portería de Barcia. Y el 1-2, a continuación, no subió de milagro, porque un trallazo de Theo, desde la frontal, no pilló portería por un pelo.
En una acción aislada, al saque de una falta de Pejiño, Ale García tuvo otra ocasión inmejorable. Pero el larguero le negó la gloria cuando ya sobre la bocina. Y como no podía faltar el drama, Pezzolesi se fue a la calle por doble amarilla dejando a la UD con uno menos a siete del final. No llegó la sangre al río pero dejó un aviso: esto es la Segunda División.





























