En un momento, la niña —de unos cinco, seis o siete años, no más— quiso empujar la carretilla llena de cemento mezclado.
El padre, agobiado por el calor y las moscas, ya le había dicho que no podía.
—¡Que dejes la puta carretilla! —le gritó.
Y siguió con el sacho, mezclando cemento, agua y algún ingrediente más.
El niño varón, por contra, no quería ni por asomo empujar la carretilla, pero no tenía capacidad de elegir. Le había tocado. Esperaba la orden del padre.
La niña siguió mascullando.
Ella sí podía ayudar. Ella podía con la carretilla llena hasta el límite. Total, pensó, cómo no voy a poder… si es de aquí hasta allí.
Y es que ella quería ser varón. Porque los varones son libres: juegan en la carretera hasta la noche y nadie les cuenta la monserga de “cuidado con los extraños”, “no puedes ir sola” o “si alguien te propone algo me lo cuentas”.
La infanta aprovechó que el padre seguía inmerso en su agobio para darle una vuelta más y medir sus fuerzas. Ella quería demostrar que era merecedora de ese clan. El de los fuertes.
No le atraían los guisos, ni los calderitos, ni las muñequitas.
No le atraían las faldas.
La niña jugaba con camiones, con teatro, en medio de las tuneras. Se subía a los árboles, desafiaba a las vecinas que la mandaban a casa.
—Las niñas no juegan con los machos —le increpaban.
Ella oía, sí, pero no escuchaba.
Hasta que se hizo difícil corregirla.
Así que, con esa impronta que se soltó de algún antepasado rebelde, tomó una decisión.
—¡Yo sí puedo con la carretilla!
Y arrancó con ella. Consiguió levantar las dos patas de atrás y la carretilla, como si tuviera vida propia —como hiedra agarrada al piso—, volcó con todo su interior.
Rompió a llorar ante el cabreo monumental de los que trabajarían el doble por su desafío. Y corrió a refugiarse donde siempre iba: a los brazos de la madre, la única que la entendía.
—No te apures, muchacha. Cuando crezcas empujarás mil carretillas.
Y la madre, la vidente, nunca se equivocó.
Reyes Bolaños






























