Feli Santana
Históricamente, el cazador canario ha sido una figura social y cultural relevante en las comunidades rurales. Más que un simple deportista, es un conocedor del monte y de sus ciclos naturales. Madruga, recorre el monte y los barrancos con sus perros, conoce las zonas, los rastros y los terrenos, y ha sido un entusiasta de la práctica a lo largo del tiempo.
En municipios como Valsequillo, Tejeda, Artenara, San Mateo o Santa Lucía, la caza forma parte de la identidad local y se ha regulado a través de sociedades de cazadores y clubes deportivos que diversifican su actividad con la organización de competencias. Portan licencias deportivas de caza, pertenecen a sociedades donde prima la camaradería y el respeto por el entorno, donde la palabra vale más que el trofeo y el silencio del monte acompaña la espera.
Indagar en las artes de la cacería es reencontrarse con las tertulias de los amantes de la tasca y la aventura. El cazador y el pescador comparten la misma esencia: la del lance y la incertidumbre, la paciencia y la emoción. En tiempos remotos, su existencia respondía a la necesidad de alimentarse; hoy, esa necesidad se transformó en una pasión deportiva que conserva los elementos esenciales de su origen.
Los ranchos de cazadores organizan sus sagradas agendas de jueves y domingo como si se tratara de un ritual. Los podencos canarios, finos y enérgicos, ladran en manadas, excitados por las partidas a la aventura. Los vehículos todoterreno, con carros cargados de perros, surcan las pistas de Las Haciendas, El Montañón, Saucillo o los caminos hacia las cumbres, donde se desfogan las pasiones. En Botija, Cercado Viejo, Lomo Amaranto o Lorián se reabren las cuevas de los antepasados para revivir la gloria de la caza.
Entre toda la parafernalia cinegética se despliega el material que hace del cazador un especialista: el morral, el hurón, la canana, los cartuchos, los silbatos, las palomeras, la vestimenta mimetizada y la gorra de monte. Nuestros cazadores conocen y respetan la normativa de caza, de la que se mantienen informados año tras año. El mayor auge de participación llega con la apertura de la veda del conejo a escopeta, cuando el monte y el primer día de temporada se convierten en un campo de lances y de fuego cruzado. Los más veteranos montan guardia desde temprano, cubriendo su zona, su barranquillo o cañada, para mantener su área de acción.
En la antigüedad, los grandes cazadores encontraban en su oficio un jornal. Vendían o intercambiaban sus piezas por otros bienes necesarios para la subsistencia, garantizando la carne de conejo o de ave durante los meses de veda abierta. una práctica que mezclaba necesidad y destreza.
La caza en Valsequillo sigue siendo una expresión viva de la identidad rural. Un lazo entre generaciones que han aprendido a amar el monte y a respetar su silencio. Entre los barrancos y los almendreros florecidos, el eco de los gritos y los ladridos recuerdan que, en estas tierras de medianías, la cacería es algo más que una afición: es una forma de pertenecer al paisaje y recordarlo como el lazo terrenal de su existencia






























