Volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad. O en una palabra, VUCA. Este acrónimo anglosajón permite describir con bastante precisión la situación actual a nivel internacional (mejor no hablar del ámbito nacional). Y lo hace desde una perspectiva marcadamente pesimista e intrincada, que complica esencialmente la resolución pacífica de numerosos conflictos que dominan la agenda internacional.
Destacando los principales focos de conflicto en este 2025, vuelven a destacar algunos clásicos de estos años: Ucrania, Israel-Hamás, Sudán, Taiwán o Yemen. Hasta recientes teatros como India-Pakistán, República Democrática del Congo o la tensión fronteriza entre Tailandia-Camboya. La realidad de esta proliferación responde a dinámicas diversas, desde la defensa de intereses nacionales hasta complejos equilibrios geopolíticos que convierten el escenario internacional en un ambiente de vigilancia constante. A este marco volátil se añade un factor cada vez más determinante y polivalente, la irrupción de extremismos ideológicos, religiosos (mayoritariamente) y culturales, que agravan y prolongan los conflictos.
Así, el entorno VUCA es compatible con la adición de la «E», incorporando al análisis la proliferación de ideologías y movimientos que desestabilizan el consenso político y radicalizan la opinión pública en contra del sentido común y el entendimiento. Este fenómeno es ampliamente observable en multitud de enfrentamientos y sus relatos, sobre todo en aquellos que llevan detrás una fuerte maquinaria mediática (opacando conflictos de gran impacto humanitario como Yemen, Sudán o RDC, indudablemente de menor interés mediático-político).
Generando un debate político-público altamente polarizado. Casos como los de Ucrania-Rusia o Israel-Hamás son especialmente llamativos. Omitir la deriva estratégica de la OTAN hacia Europa del Este en estas últimas dos décadas o que judíos, musulmanes y cristianos convivían de forma relativamente pacífica en la región hasta prácticamente 1920 son cuestiones que se obvian en aras de incrementar las posiciones extremistas de uno u otro bando.
Craso error. Excluir del debate elementos que aportan puntos de encuentro se ha convertido en una estrategia que, en última instancia, elimina el sentido común y la autoculpa de cualquier ecuación analítica. Como consecuencia, hoy día se atienden a varios procesos de paz estancados, focos de alta tensión, sabotajes… que responden a estas inercias. Un estado actual que se enmarca, para más inri, en un contexto donde los liderazgos ideológicos y posiciones religiosas extremistas tienen más capacidad de poder y movilización popular que aquellos que abogan por la búsqueda del diálogo y puntos comunes. Desgraciadamente, el extremismo se alimenta de sí mismo y elude la culpa refugiándose en una ideología o religión que multitudes asumen como incuestionable.
Rabin, Arafat, el-Sadat, Bhutto, Ben Barka… son ejemplos políticos que, aún con posicionamientos extremadamente diferenciados, intentaron alcanzar un estatus más equilibrado y sufrieron los actos más atroces por aquellos que defienden posturas fanáticas. Sus asesinatos no sólo truncaron liderazgos, sino también un intento real de recuperar cualquier dividendo de paz que requiere voluntad, compromiso y memoria histórica. Por ende, el objetivo último de estos extremismos es que se releve al análisis riguroso, amplio, histórico y realista de cómo se configuran las relaciones internacionales en todas sus formas.
Infortunadamente, lo están consiguiendo. Los debates político-públicos actuales carecen en su mayoría de objetividad, de calidad histórica y de honor a la verdad. Suprimiendo, por tanto, cualquier opción a considerar que la idea propia pueda ser errónea porque supone «fallar» en el relato. Curiosamente, todos estos tipos de extremismos guardan elementos comunes que los hacen intrínsecamente semejantes en su operativa y, por tanto, en espíritu. Manipulación histórica (tergiversando y omitiendo hechos históricos), adulteración del vocabulario, uso de la religión/ideología como escudo para conductas inhumanas…
Son elementos observables en la amplia variedad que integran los movimientos extremistas actuales. Y que, como consecuencia máxima, se han convertido en los principales obstáculos para la búsqueda de alguna solución negociada en gran parte de los conflictos señalados. Encargándose, incluso, de que las capas sociales hayan asumido estas posturas extremistas como suyas, gracias al intenso trabajo que hay detrás de los dirigentes políticos y otros actores no estatales.
En suma, la dinámica internacional actual puede ser entendida y definida a través de VUCA «E». La adición del extremismo a la fórmula implica que ninguna postura ideológica, religiosa o cultural está a salvo de fanatismos y sus consecuencias. Cuestionando necesariamente la forma en la que se analiza el sistema internacional, sus actores y sus valores fundamentales, los cuales deben ser revisados de forma amplia, desde una perspectiva realista y estableciendo una jerarquía de los factores que priman sobre otros. Porque no, no todo pesa lo mismo cuando se trata de entender el funcionamiento del sistema internacional.
Miguel Ángel Melián. Consultor de Asuntos Públicos de 22GRADOS y vecino de Valsequillo.






























