El pueblo de Tenteniguada siempre ha gozado de una mirada alta, limpia y serena sobre las tierras de Valsequillo. Desde los viejos resortes del poder, esa gracia natural le susurraba independencia y altivez: Altamira y altozano. Una visión más clara del paisaje… y del paisanaje.
En aquellos años de lenta evolución social, tras la conquista y la herencia de los antiguos fueros aborígenes, los habitantes comenzaron a organizarse entre propiedades y registros, guiados por el clero y la incipiente sociedad civil. El Guanartemato de Telde fue el último regidor de los destinos de Valsequillo antes de su separación de la ciudad de los Faycanes, allá por el siglo XIX (1802). Desde entonces, todos los registros de tierras, aguas y bienes pasaron a formar parte de las escrituras públicas, como si el territorio aprendiera a firmar su propia historia.
En testamentos que datan de 1578 aparecen nombres que hoy suenan a piedra y pergamino: Don Luis Correa, Don Juan Hernández Cuchara y su capellanía fundada en 1741, de tierras y aguas que aún hoy son motivo de disputa y memoria. Más tarde, Don Domingo Galdós, abuelo del ilustre Benito Pérez Galdós, dejó en 1801 el testamento definitivo de Don Juan Hernández Cuchara, sellando sus últimas voluntades con el rigor solemne de los actos notariales y el peso de lo oficial.
El doctor Marquina y Corrales concedió permiso para levantar la ermita de Tenteniguada, bajo el amparo del párroco Don Francisco Gil Navarro. Los dueños de la finca de Juan Tello, Don José María del Campo y Doña Antonia Llarena, impulsaron la obra con entusiasmo y fe. A fuerza de suscripciones, de gestos solidarios y donativos modestos, reunieron las 245 pesetas necesarias para comprar el solar en el Llano de la Cruz, propiedad de Doña María Álvarez.
En 1916 comenzaron las obras de cimentación. Un año después, el 23 de junio de 1917, los vecinos vieron su iglesia bendecida. Más tarde, en 1925, cambiaron las campanas y, con ellas, el aire sonoro del valle: la vida en las alturas pasó a ser guiada por el clero y por la calma festiva de cada año, donde el pueblo hallaba su unión a través de la fe y del sonido del bronce.
Don Teodoro Rodríguez, primer párroco que ejerció en la Ermita de San Juan (1943–1960), tomó el relevo de aquella devoción. Bajo su mano se amplió la iglesia, se compraron solares para la plaza y se levantó el cementerio. Fue posible gracias a la donación de la familia Rodríguez Martel, que cedió las tierras en la zona baja del Ferrú, para que los muertos del pueblo descansaran, por fin, en su propio suelo.
En noviembre de 1954, el obispo Pildain bendijo el nuevo cementerio de Tenteniguada. Y el primer cuerpo en cruzar su umbral de piedra fue el de Juanito el del Silo, Juan Santana Expósito, vecino de La Agujerada, de las laderas de Tinasia (Las Romeras).
Aquella comitiva fúnebre avanzaba lentamente, el féretro a hombros, subiendo la carretera entre relevos y suspiros. Una muchedumbre de vecinos acompañaba el cortejo, arropando a la familia con rezos y silencios. Era el culto antiguo de los entierros. Un rosario en movimiento, una procesión donde los hombres se descubrían al paso del muerto, y donde el cansancio creaba los lugares llamados “descansillos del muerto”, pausas del cuerpo y del alma, donde el peso del difunto se aliviaba por un instante.
Aún hoy, aunque en desuso, el descansadero del muerto sobrevive en la toponimia oficial, allí, en la subida al cementerio de Tenteniguada, justo donde ahora se detienen las guaguas.






























