Fue su lineal trazado el que hizo levantar la vista al infinito, donde el cielo besa a la tierra. Cumbres de Gran Canaria, alteza de tu gloria magna, que miraste a Valsequillo con la ternura maternal del Edén. El viejo camino que subía las llanuras fue un tiralíneas de patriarcas —coja el camino recto, amigo, decía la intuición—, la que acorta el sentido común y despeja la incertidumbre. Cuánto de miradas entiende la humanidad, aquellas que despiertan el alma dormida de la ensoñación y maduran en el terreno de la grandeza.
Viejos olivos que acompañan al arriero al corazón del Almogarén, con la mirada altanera de las montañas alpinas; higueras de sombra y fruta, almendreros de corazón amargo y flores rosáceas, a orillas del camino, encienden la senda del pensamiento y la distancia, y su andar peregrino es la suerte del encuentro. A Valsequillo se llega con la cabeza alta, observando el circo natural de su elegancia. Una caldera de hundimiento que atrapó el corazón del aborigen que, en sus cuevas de barrancos, escudriñaba el desangrar de sus inviernos.
Avenida de cumbres altas, de vegas extensas que divagan el alma llanera y encienden el amor en la mirada. Valsequillo de Gran Canaria se dibuja en acuarelas estacionales y su lienzo es el reflejo de una obra del realismo mágico de la visión. Exuberancia de orografía: esconde escorrentías en barrancos majestuosos, lomadas y recovecos que permanecen ocultos entre andurriales; cuevas aborígenes que duermen en los barrancos escuchando el eco de la tierra añeja.
Cuando el viajero cruza La Barrera y emprende la recta del camino por el Llano del Conde, siente que algo en el aire cambia: un leve olor a potaje, el crujir de una rama bajo el andar, el murmullo lejano de un perro que ladra hacia la nada. Está condenado —dulcemente condenado— a mirar a la cumbre que, desde lo alto, se desploma como un telón de piedra y luz, invitándolo a entrar en sus entrañas. Allí se revela una tierra más adentro, un recibimiento apoteósico de hijo de la isla, de lo rural y entrañable, del espejismo vivo de una potestad abundante y serena, de un paisaje maltratado por la demografía y los hacendados.
Escuchar el silbo del aire, el canto sensorial de los pájaros que puntean el silencio, advertir las nubes que se enamoran de tu paisaje y revelan, en su tránsito lento, la arista viva de tus roques y altillos, el manantial súbito de tu frescura intensa. Avenida de cumbres altas, flirteas ensoñaciones al viajero que cruza tus lindes agrarias. Le ofreces el vértigo suave de tus medianías, la pasión que enaltece la mirada y la obliga a quedarse un instante más, como quien se reconoce en la memoria antigua de la tierra.
Valsequillo tiene el encanto de la tierra prometida, del jardín del Edén, del secreto del caminante, del amor al surco altivo, del paraíso almendrado entre bosques de eucaliptos escondidos y laderas de pastoreo furtivo. En sus arcaicos caserones duerme el espíritu de su bondad, que enaltece en el silencio el protectorado de su historia: apenas sabia, a duras revueltas, a sangre heredada, a revolución abanderada.
Avenida de las Cumbres, que claman en primavera tu acuarela floreada. En invierno, tu excelencia verde y fría; en otoño, tu llanto ocre tostado. En tus veranos, las noches de candelas festivas. Paseos estacionales que advierten los visitantes en los pueblos que se visten de galante pasarela, arropados por sus almas.
Feli Santana.
Foto: Hermann Hellbusch






























